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martes, 7 de marzo de 2017

MI DOBLE (CUENTO BREVE DE VIRGILIO LÓPEZ AZUÁN)


VIRGILIO LÓPEZ AZUÁN

Eddy me dijo muchas veces, que yo tenía un doble y que se llamaba Miguel. No le di mucha importancia hasta una mañana de domingo, cuando le vi muy serio y seguro de su afirmación. Lo confieso si reparos, la intriga me subió a los ojos, abrió las dudas y desde entonces me siento conturbado.

Para apartar mis pensamientos decidí ir a la iglesia como lo hacía todas las semanas: Me levantaba temprano, mojaba las plantas del pequeño jardín, y de paso, llegaba a la perrera donde Lasy me recibía con una canción danzante en la cola.

Sólo los domingos visitaba a Lasy, los otros días hacía la rutina de tomar el Metro y salir de Villa Mella hasta la Feria para asistir a mi trabajo en las oficinas de la Lotería Nacional. Allí era auxiliar en el departamento jurídico. Cumplía un horario corrido y por demás agotador. Debía velar porque se cumplan los procesos legales para la entrega de los premios a los ganadores de cada semana. 

Fue allí donde conocí a Eddy un señor de poca estatura y ventrudo. Vestía de negro como si tuviera una promesa a la virgen de la Altagracia. La primera vez él llegó alborozado, con una alegría indescriptible. Y no era para menos, se había sacado el premio mayor. Su entusiasmo fue contagioso.

La semana siguiente volvió con el mismo alborozo, también le había pegado al premio mayor. Para mí fue una gran sorpresa la coincidencia. Tantas personas jugadoras y no habían tenido la dicha de agarrar la colita del premio ni una sola vez en la vida. Pensé, este hombre es un dichoso, y él me adivinó el pensamiento, con una agilidad telepática. Me dijo: “Siempre dices que soy dichoso”. Lo revelo, quedé sorprendido, muy sorprendido de sus habilidades.

Yo no daba crédito a la suerte de Eddy, debía ser algo sobre natural. Él es un adivino de los números de la lotería. Eso es. Lo pensé cien veces, pero siempre concluía de la misma manera: “No, yo no creo en los adivinos, eso es pura suerte”.

La tercera vez vino con menos entusiasmo, ya se había acostumbrado a la rutina de pasar por el departamento a realizar los trámites para recibir su premio.

Eddy me invitó varias veces a conocerlo, o conocerme en mi doble, pero siempre algo me bloqueaba. Una cadena de sucesos se generaba a partir la invitación. Siempre yo decía: “Mañana le conoceré”. Una de esas veces cuando emprendíamos el camino, una llovizna hecha ventarrón azotó y nos guarecimos en la casa de Pablo el guitarrista y lo encontramos cantando la canción “Gatita Blanca” del poeta azuano Héctor J. Díaz. Y fue como si ese mismo momento yo lo hubiera vivido antes. Le pregunté a Pablo, ¿cuántas veces has cantado “Gatita Blanca” en este mismo lugar? Él me miró y me dijo: “No recuerdo, la he cantado desde siempre, nunca me he parado de aquí, solo he hecho esto: cantar ‘Gatita Blanca’ por toda la eternidad”. Él vio que fruncí el ceño y me dijo: “Tú también has escuchado esa canción infinitas de veces, debieras revisar tu memoria. Te veo entrar por esa puerta y te sientas en el taburete para deleitarte con los acordes. No es posible que olvides esta canción. Hace apenas unos minutos la escuché en la radio La Voz Dominicana. Por cierto, Héctor debe estar en cabina en este momento”.

El escepticismo apareció de repente y le pegunte a Eddy. ¿Somos reales? Él lanzó una carcajada y dejó ver sus dientes blancos y desparejos. ¡Claro que somos reales!,  –dijo. Las dudas empezaron a desaparecer y me sentí aliviado. Por un momento perdí toda la certeza de identidad, y volví en mí. Pero eso duró poco, me dijo, cuando conozcas a Miguel, dudarás de esta realidad. Él es igual que tú, es tu doble. Andaba por allí y hace unos años vino a recalar por estos lugares. Todo el mundo sabe que él eres tú.

No creía en eso que uno tuviera un doble igualito, y ¿si yo me encontrara con él, o sea, conmigo mismo, seguro me moriría de terror? Alguien me alertó: ¡Si vez a tu doble, ahí mismo morirás! A lo mejor te mueres por eso, por el terror de verte duplicado, otro tipo haciendo lo mismo que tú. Eso no cabía en mi mente. Por más vueltas que le daba, no cabía en mi mente. Me preguntaba, ¿tendrá las mismas ganas de fisgar a la vecina cuando está tomando el baño? Si es mi otro, entonces, ¿él tiene las mismas virtudes y los mismos defectos que yo? ¿Él vivirá con la misma mujer con la cual yo vivo? ¡Qué no se atreva a confundir mi mujer con la de él! Entonces… ¡Nos moriremos los dos! No pensaré más…

Eddy contó los billetes que le había entregado el cajero. Como lo hiciera en otras ocasiones, lo hizo ahora: me regaló uno de mil pesos, y como siempre, yo lo rechacé. Me dijo que debiera tomarlo porque era lo menos que podía hacer por mí. Si gozaba de atinar en la lotería, todo era por mi gracia. Eso lo decía en todas las esquinas donde hacían grupos los jóvenes. En algún lugar yo le revelaba el número que saldría en el sorteo.

Llegó el momento de conocer a Miguel. Eddy me lo mostraría primero para que votara el miedo. Me dijo, detrás de esa puerta está tu doble, prepárate para el encuentro. Nos acercamos, la abrió lentamente. Había dos personas: Miguel, un anciano, con sobreros y lentes como de ojos de botella, y otro joven que recibía unos billetes después de ganarse el premio de la lotería.

lunes, 20 de febrero de 2017

Casados alguna vez (Cuento breve)



Casados alguna vez

(Cuento breve)
POR VIRGILIO LÓPEZ AZUÁN

Estuvimos casados una vez… ¿No lo recuerdas? Fue antes del alzhéimer. No te culpo, también yo lo olvide. ¿Acaso el que padece esa enfermedad soy yo y no tú? Perdona, no recuerdo. Iré por una taza de té. No te muevas. ¿De qué hablábamos? Sí, cómo olvidarlo, te hablaba de los tiempos de la guerra, cuando Martín se apareció en la casa, herido de muerte. Mi madre lo curó con unas vendas para atajar el sangrado. Ya tú eras una viejecita que vivía los últimos días en un monasterio de clausura. Recuerdo que esa casona estaba en la colina camino a Peravia, y yo era el muchacho que regaba las flores en el pequeño jardín, sembrado en la parte atrás, cerca de un promontorio. ¿Qué cosas las mías? Hablando de la lucha por el liderato de jonrones entre Mickey Mantle y Roger Maris. ¡No me hagas caso! Esa fue una gran temporada, ¿creo que ya me había casado contigo? Yo aposté a Mantle, ese Maris para mí era un aparecido ante ese monstruo del beisbol. Aún conservo la rosa en el libro. Esa que me regalaste… No, la que te regalaría esa mañana, cuando te asomaste al portal del monasterio. Pensé que era una herejía, regalarle rosas a una mujer que soñaba con ser monja. Me la guardé para que no la vieras. La conservo en el libro del Quijote y hasta puedo asegurar que una vez vi a Dulcinea colócasela en el pelo. ¿De qué hablamos? Tú decías que estuvimos casados. Ahora… Ahora recuerdo, ¿cómo podría olvidarlo? Estabas bella esa noche, mi madre me mecía en sus brazos y tú tenías un hermoso velo blanco, esperando que yo hiciera mi aparición por esa puerta. Así fue, me aparecí elegantemente trajeado con un esmoquin negro, mi camisa con botonadura adornada y mi corbata de lazo. Entonces, al mirar los invitados, tu madre te mecía entre sus brazos, y yo me decidí a esperarte.  William, entró a la iglesia y boceó el jonrón 61 de Roger Maris. No fue en ese momento cuando nos casamos, porque miré y tomabas la leche del seno de tu madre. Eras una carajita, llenita de babas, que con ojos adormilados miraba mi corbata de lazo. Decidí quitarme la ropa que tenía puesta, no sabía exactamente de dónde venía con ese traje. Noté que mis manos estaban sucias del lodo del jardín, que había terminado el desyerbo, y no me lavé las manos. Saqué la rosa del libro y tuve que soportar la protesta de Dulcinea que ya se había hecho dueña para provocar a su caballero andante. Yo me pregunté ¿para qué me sirve esta rosa muerta? Las hojas del libro la tostaron y ahora empezaba a desintegrarse entre mis manos como polvo. Decidí a leer la página donde estaba la rosa, razoné que por algo estaba allí. Seguro marcaba la página donde me quedé en mi última lectura. No era así, un recuerdo como relámpago, me trajo tu figura. Tú estabas en el portal del monasterio y yo te entregaba una rosa. Solo eso, ahora no recuerdo nada. Quizá estuvimos casados alguna vez.

El aprendiz (Cuento breve)





El aprendiz
 Por Virgilio López Azuán

Como me sugirió el maestro, me estiré el dedo índice. Pero nada pasó. Lo más natural en situaciones como esas era que el dedo se alargara. Más de cien personas realizaban el mismo ritual y tenían sus dedos largos como si fueran  elásticos. No era para menos, estaban gozosos, felices de haber entrado en ese  mundo. Sin embargo a mí me dolía el dedo de tanto halarlo.
Ahora es todo lo contrario, más de cien personas trataban de halarse el dedo y no lograban nada. Estaban muy molestos y pensaron que el maestro los había engañado. Al verlos, la curiosidad me invadió, y sin pensarlo, agarré mi dedo, y comencé a estirarlo. Inicié con muchas dudas, pero el dedo fue cediendo. Encendí mis alegrías y enseguida se apagaron, porque con emoción, me di un tirón tan grande que el dedo se hizo largamente desproporcionado.  Ahora lo arrastro y la gente me mira con asombro.
Agarro mi dedo y me lo lanzo al cuello como si fuera una bufanda, pero he descubierto que sigue creciendo. Me apresuro y voy en busca del maestro que no aparece por ninguna parte. Lo encontré, con su barba blanca y lacia, absorbía unos vapores de flores perfumadas.  Le fui a pedir explicaciones, pero el dedo había adquirido su normalidad. Me quedé callado. En cambio, él me dijo que era la quinta vez que yo había ido a ese lugar a preguntarle sobre el mismo dedo. Yo no recordaba ni una de ellas. Me explicó que eran muchas veces, la quinta vez que había pasado por allá, y él me decía lo mismo.
Ahora es que lo advierto, el maestro está más joven, las barbas son más copiosas y presentan menos canas. La calva la tenía menos pronunciada. Por mi parte yo estaba más viejo, me abatía el dolor de caderas y las manos me temblaban. Quise decirle algo, levanté la mirada y ya el maestro no estaba. En mi entorno más de cien niños halaban sus dedos como si jugaran. Yo me reconocí niño, sin dolores en las caderas y muy tranquilas mis pequeñas manos.
Hubo mucha alegría el aquel holgorio. Estábamos felices hasta que apareció el maestro que se arrastraba moribundo. Todos los niños callamos y a poco nos reconocimos ya grandes. El silencio se hizo largo y la bruma apareció por la magia. A todos nos creció el dedo índice hacia el cielo y el maestro poco a poco se fue desvaneciendo.  A todos nos tocó cargar un niño y caminando en fila, por la espesa noche, también nos fuimos desvaneciendo.  

domingo, 19 de febrero de 2017

QUIZÁ VIRTUAL (Cuento breve)




QUIZÁ VIRTUAL (Cuento breve)
POR VIRGILIO LÓPEZ AZUÁN

Sé que te mataré y tú también lo sabes. Será fácil la operación en este momento en que nos cruzamos, como dos locos virtuales o quizá ni tan virtuales. El cuchillo fue la herramienta que penetró a tu cuerpo y que vuelve, intacto sin ninguna mancha de sangre. Frisado, me pregunto ¿Cómo diablos el cuchillo no está sucio de sangre si te maté? Penetró en tu cuerpo y quedó brillante como me lo habían vendido en la plaza.
Ahora te veo y tú no estás muerto, ni yo tengo cuchillo alguno en la mano. Pero ya te maté, eso lo sabemos los dos. Ahora charlamos sobre un tema pasado y nos abrazamos como niños y nos despertamos ancianos en medio del mismo abrazo, pero con otros entornos. ¿Cómo pudiste llegar a viejo si hace tiempo que te maté, y tú y yo lo sabemos?
¿Acaso no te maté nada? ¿Acaso el cuchillo nunca ha existido y nunca pasé por la plaza? 
Me he frisado de nuevo. También tú te has frisado. Tengo la sensación de que hemos estado en este mismo lugar, con una diferencia: yo traía el cuchillo en la mano derecha y ahora no lo tengo.
No, quizá estoy confundido. Esta no es la hora de matarte. Pero te miro y estás ensangrentado. Parecieras que estás muriendo. Me arrepiento de haberte herido de muerte. Y me desespero y salgo corriendo como un loco, apretando un cuchillo que ya no tengo en la mano; yo soy un hombre de cuarenta y ahora tú eres un niño que juega en el pasto.
Me toco para ver si soy un hombre virtual, entrampado. Pero  nada, soy yo mismo y no caben discusiones. Voy al jardín donde tú juegas y te quiero topar, pero ya tu eres un viejo que riegas las flores. Me miras como si no me conocieras, y es donde me doy cuenta que ahora el niño soy yo, que solo quiere jugar en el pasto.
No había vuelto a pensar que te maté. Tengo la duda si yo lo hice, y tú tienes la duda si estás muerto.

martes, 25 de octubre de 2016

Circula libro de cuentos de Virgilio López Azuán


En la mesa directiva, el autor del libro Virgilio López Azuán, el editor Isael el Pérez de Santuario; la Licda. Nurca Nive Luciano, enlace de UTESUR con la Mescyt; la Licda. Rosario Mélo, vicerrectora de UTESUR
En un concurrido acto celebrado en Azua de Compostela, el destacado escritor dominicano Virgilio López Azuán, puso en circulación el libro “Cuando la mar bota peces”, donde pone de manifestó su creatividad en doce cuentos breves, dirigido para a niños y adolescentes de edades comprendidas entre los 10 y 17 años.
Entre las narraciones que aparecen en el texto se encuentran “Cuando la mar bota peces”, “De dónde surgieron las Bellas Artes”, “Ese toro enamorado de la luna”, “Los planetas”, “Cuando llueva para arriba”, entre otros.
López Azuán dijo declaró para este medio, que el libro, “Cuando la mar bota peces es una selección depurada de cuentos que tienen un alto contenido didáctico y pueden ser utilizados por profesores del sistema educativo como herramienta de animación socio cultural para impartir contenidos de Matemáticas, Geografía, Medio Ambiente, Lengua Española, Ciencias sociales, Formación Humana y Religiosa, entre otras asignaturas del currículo vigente”
Este es el libro número trece publicado por López Azuán quien ha obtenido más de una veintena de premios nacionales en los géneros, cuento, poesía y teatro.
Entre las obras publicadas por el autor se encuentran la novela “La pretendida de Verapaz”, “SUMER, poética de los números”, ganadora del Premio Nacional de poesía Pedro Mil de la Fundación Global Democracia y Desarrollo, FUNGLODE; “Sin tocar tus puertas”, Premio Nacional de Poesía de la Universidad Central del Este –UCE- y “Paraísos de la Nada”, Premio Nacional de poesía de la Sociedad Renovación y la Fundación Brugal. López Azuán actualmente es rector de la Universidad Tecnológica del Sur –UTESUR-.
En el acto de puesta en circulación, se dieron cita personalidades como los diputados Luis Vargas y Lía Día de Díaz; el Ing. Luis Melo, por la gobernación provincial; la Licda. Nurca Nieve Luciano de Galván, funcionaria del Mescyt; el editor de la obra Isael Pérez, una delegación de la sala capitular de Azua, profesores, estudiantes e invitados especiales.

martes, 13 de abril de 2010

Luvina


[Cuento. Texto completo]
Juan Rulfo
De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran Cuesta de la Piedra Cruda. El aire y el sol se han encargado de desmenuzarla, de modo que la tierra de por allí es blanca y brillante como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer; aunque esto es un puro decir, porque en Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío se cuaja en el cielo antes que llegue a caer sobre la tierra. ...Y la tierra es empinada. Se desgaja por todos lados en barrancas hondas, de un fondo que se pierde de tan lejano. Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo hubieran encañonado en tubos de carrizo. Un viento que no deja crecer ni a las dulcamaras: esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas en la tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes. Sólo a veces, allí donde hay un poco de sombra, escondido entre las piedras, florece el chicalote con sus amapolas blancas. Pero el chicalote pronto se marchita. Entonces uno lo oye rasguñando el aire con sus ramas espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar.
-Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.
El hombre aquel que hablaba se quedó callado un rato, mirando hacia afuera.
Hasta ellos llegaba el sonido del río pasando sus crecidas aguas por las ramas de los camichines, el rumor del aire moviendo suavemente las hojas de los almendros, y los gritos de los niños jugando en el pequeño espacio iluminado por la luz que salía de la tienda.
Los comejenes entraban y rebotaban contra la lámpara de petróleo, cayendo al suelo con las alas chamuscadas. Y afuera seguía avanzando la noche.
-¡Oye, Camilo, mándanos otras dos cervezas más! -volvió a decir el hombre. Después añadió:
-Otra cosa, señor. Nunca verá usted un cielo azul en Luvina. Allí todo el horizonte está desteñido; nublado siempre por una mancha caliginosa que no se borra nunca. Todo el lomerío pelón, sin un árbol, sin una cosa verde para descansar los ojos; todo envuelto en el calín ceniciento. Usted verá eso: aquellos cerros apagados como si estuvieran muertos y a Luvina en el más alto, coronándolo con su blanco caserío como si fuera una corona de muerto...
Los gritos de los niños se acercaron hasta meterse dentro de la tienda. Eso hizo que el hombre se levantara, fuera hacia la puerta y les dijera: “¡Váyanse más lejos! ¡No interrumpan! Sigan jugando, pero sin armar alboroto.”
Luego, dirigiéndose otra vez a la mesa, se sentó y dijo:
-Pues sí, como le estaba diciendo. Allá llueve poco. A mediados de año llegan unas cuantas tormentas que azotan la tierra y la desgarran, dejando nada más el pedregal flotando encima del tepetate. Es bueno ver entonces cómo se arrastran las nubes, cómo andan de un cerro a otro dando tumbos como si fueran vejigas infladas; rebotando y pegando de truenos igual que si se quebraran en el filo de las barrancas. Pero después de diez o doce días se van y no regresan sino al año siguiente, y a veces se da el caso de que no regresen en varios años.
“...Sí, llueve poco. Tan poco o casi nada, tanto que la tierra, además de estar reseca y achicada como cuero viejo, se ha llenado de rajaduras y de esa cosa que allí llama ‘pasojos de agua’, que no son sino terrones endurecidos como piedras filosas que se clavan en los pies de uno al caminar, como si allí hasta a la tierra le hubieran crecido espinas. Como si así fuera.”
Bebió la cerveza hasta dejar sólo burbujas de espuma en la botella y siguió diciendo:
-Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque es oprimente como un gran cataplasma sobre la viva carne del corazón.
“...Dicen los de allí que cuando llena la luna, ven de bulto la figura del viento recorriendo las calles de Luvina, llevando a rastras una cobija negra; pero yo siempre lo que llegué a ver, cuando había luna en Luvina, fue la imagen del desconsuelo... siempre.
”Pero tómese su cerveza. Veo que no le ha dado ni siquiera una probadita. Tómesela. O tal vez no le guste así tibia como está. Y es que aquí no hay de otra. Yo sé que así sabe mal; que agarra un sabor como a meados de burro. Aquí uno se acostumbra. A fe que allá ni siquiera esto se consigue. Cuando vaya a Luvina la extrañará. Allí no podrá probar sino un mezcal que ellos hacen con una yerba llamada hojasé, y que a los primeros tragos estará usted dando de volteretas como si lo chacamotearan. Mejor tómese su cerveza. Yo sé lo que le digo.”
Allá afuera seguía oyéndose el batallar del río. El rumor del aire. Los niños jugando. Parecía ser aún temprano, en la noche.
El hombre se había ido a asomar una vez más a la puerta y había vuelto. Ahora venía diciendo:
-Resulta fácil ver las cosas desde aquí, meramente traídas por el recuerdo, donde no tienen parecido ninguno. Pero a mí no me cuesta ningún trabajo seguir hablándole de lo que sé, tratándose de Luvina. Allá viví. Allá dejé la vida... Fui a ese lugar con mis ilusiones cabales y volví viejo y acabado. Y ahora usted va para allá... Está bien. Me parece recordar el principio. Me pongo en su lugar y pienso... Mire usted, cuando yo llegué por primera vez a Luvina... ¿Pero me permite antes que me tome su cerveza? Veo que usted no le hace caso. Y a mí me sirve de mucho. Me alivia. Siento como si me enjuagara la cabeza con aceite alcanforado... Bueno, le contaba que cuando llegué por primera vez a Luvina, el arriero que nos llevó no quiso dejar siquiera que descansaran las bestias. En cuanto nos puso en el suelo, se dio media vuelta:
“-Yo me vuelvo -nos dijo.
“Espera, ¿no vas a dejar sestear a tus animales? Están muy aporreados.
“-Aquí se fregarían más -nos dijo- mejor me vuelvo.
“Y se fue dejándose caer por la Cuesta de la Piedra Cruda, espoleando sus caballos como si se alejara de algún lugar endemoniado.
“Nosotros, mi mujer y mis tres hijos, nos quedamos allí, parados en la mitad de la plaza, con todos nuestros ajuares en nuestros brazos. En medio de aquel lugar en donde sólo se oía el viento...
“Una plaza sola, sin una sola yerba para detener el aire. Allí nos quedamos.
“Entonces yo le pregunté a mi mujer:
“-¿En qué país estamos, Agripina?
“Y ella se alzó de hombros.
“-Bueno, si no te importa, ve a buscar dónde comer y dónde pasar la noche. Aquí te aguardamos -le dije.
“Ella agarró al más pequeño de sus hijos y se fue. Pero no regresó.
“Al atardecer, cuando el sol alumbraba sólo las puntas de los cerros, fuimos a buscarla. Anduvimos por los callejones de Luvina, hasta que la encontramos metida en la iglesia: sentada mero en medio de aquella iglesia solitaria, con el niño dormido entre sus piernas.
“-¿Qué haces aquí Agripina?
“-Entré a rezar -nos dijo.
“-¿Para qué? -le pregunté yo.
“Y ella se alzó de hombros.
“Allí no había a quién rezarle. Era un jacalón vacío, sin puertas, nada más con unos socavones abiertos y un techo resquebrajado por donde se colaba el aire como un cedazo.
“-¿Dónde está la fonda?
“-No hay ninguna fonda.
“-¿Y el mesón?
“-No hay ningún mesón
“-¿Viste a alguien? ¿Vive alguien aquí? -le pregunté.
“-Sí, allí enfrente... unas mujeres... Las sigo viendo. Mira, allí tras las rendijas de esa puerta veo brillar los ojos que nos miran... Han estado asomándose para acá... Míralas. Veo las bolas brillantes de su ojos... Pero no tienen qué darnos de comer. Me dijeron sin sacar la cabeza que en este pueblo no había de comer... Entonces entré aquí a rezar, a pedirle a Dios por nosotros.
“-¿Porqué no regresaste allí? Te estuvimos esperando.
“-Entré aquí a rezar. No he terminado todavía.
“-¿Qué país éste, Agripina?
“ Y ella volvió a alzarse de hombros.
“Aquella noche nos acomodamos para dormir en un rincón de la iglesia, detrás del altar desmantelado. Hasta allí llegaba el viento, aunque un poco menos fuerte. Lo estuvimos oyendo pasar encima de nosotros, con sus largos aullidos; lo estuvimos oyendo entrar y salir de los huecos socavones de las puertas; golpeando con sus manos de aire las cruces del viacrucis: unas cruces grandes y duras hechas con palo de mezquite que colgaban de las paredes a todo lo largo de la iglesia, amarradas con alambres que rechinaban a cada sacudida del viento como si fuera un rechinar de dientes.
“Los niños lloraban porque no los dejaba dormir el miedo. Y mi mujer, tratando de retenerlos a todos entre sus brazos. Abrazando su manojo de hijos. Y yo allí, sin saber qué hacer.
“Poco después del amanecer se calmó el viento. Después regresó. Pero hubo un momento en esa madrugada en que todo se quedó tranquilo, como si el cielo se hubiera juntado con la tierra, aplastando los ruidos con su peso... Se oía la respiración de los niños ya descansada. Oía el resuello de mi mujer ahí a mi lado:
“-¿Qué es? -me dijo.
“-¿Qué es qué? -le pregunté.
“-Eso, el ruido ese.
“-Es el silencio. Duérmete. Descansa, aunque sea un poquito, que ya va a amanecer.
“Pero al rato oí yo también. Era como un aletear de murciélagos en la oscuridad, muy cerca de nosotros. De murciélagos de grandes alas que rozaban el suelo. Me levanté y se oyó el aletear más fuerte, como si la parvada de murciélagos se hubiera espantado y volara hacia los agujeros de las puertas. Entonces caminé de puntitas hacia allá, sintiendo delante de mí aquel murmullo sordo. Me detuve en la puerta y las vi. Vi a todas las mujeres de Luvina con su cántaro al hombro, con el rebozo colgado de su cabeza y sus figuras negras sobre el negro fondo de la noche.
“-¿Qué quieren? -les pregunté- ¿Qué buscan a estas horas?
“ Una de ellas respondió:
“-Vamos por agua.
“Las vi paradas frente a mí, mirándome. Luego, como si fueran sombras, echaron a caminar calle abajo con sus negros cántaros.
“ No, no se me olvidará jamás esa primera noche que pasé en Luvina.
“...¿No cree que esto se merece otro trago? Aunque sea nomás para que se me quite el mal sabor del recuerdo.”

-Me parece que usted me preguntó cuántos años estuve en Luvina, ¿verdad...? La verdad es que no lo sé. Perdí la noción del tiempo desde que las fiebres me lo enrevesaron; pero debió haber sido una eternidad... Y es que allá el tiempo es muy largo. Nadie lleva la cuenta de las horas ni a nadie le preocupa cómo van amontonándose los años. Los días comienzan y se acaban. Luego viene la noche. Solamente el día y la noche hasta el día de la muerte, que para ellos es una esperanza.

“Usted ha de pensar que le estoy dando vueltas a una misma idea. Y así es, sí señor... Estar sentado en el umbral de la puerta, mirando la salida y la puesta del sol, subiendo y bajando la cabeza, hasta que acaban aflojándose los resortes y entonces todo se queda quieto, sin tiempo, como si viviera siempre en la eternidad. Esto hacen allí los viejos.
“Porque en Luvina sólo viven los puros viejos y los que todavía no han nacido, como quien dice... Y mujeres sin fuerzas, casi trabadas de tan flacas. Los niños que han nacido allí se han ido... Apenas les clarea el alba y ya son hombres. Como quien dice, pegan el brinco del pecho de la madre al azadón y desaparecen de Luvina. Así es allí la cosa.
“Sólo quedan los puros viejos y las mujeres solas, o con un marido que anda donde sólo Dios sabe dónde... Vienen de vez en cuando como las tormentas de que les hablaba; se oye un murmullo en todo el pueblo cuando regresan y un como gruñido cuando se van... Dejan el costal de bastimento para los viejos y plantan otro hijo en el vientre de sus mujeres, y ya nadie vuelve a saber de ellos hasta el año siguiente, y a veces nunca... Es la costumbre. Allí le dicen la ley, pero es lo mismo. Los hijos se pasan la vida trabajando para los padres como ellos trabajaron para los suyos y como quién sabe cuántos atrás de ellos cumplieron con su ley...
“Mientras tanto, los viejos aguardan por ellos y por el día de la muerte, sentados en sus puertas, con los brazos caídos, movidos sólo por esa gracia que es la gratitud del hijo... Solos, en aquella soledad de Luvina.
“Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. ‘¡Vámonos de aquí! -les dije-. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El Gobierno nos ayudará.’
“Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos, de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.
“-¿Dices que el Gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al Gobierno?
“Les dije que sí.
“-También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre de Gobierno.
“Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina. Pelaron los dientes molenques y me dijeron que no, que el Gobierno no tenía madre.
“Y tienen razón, ¿sabe usted? El señor ese sólo se acuerda de ellos cuando alguno de los muchachos ha hecho alguna fechoría acá abajo. Entonces manda por él hasta Luvina y se lo matan. De ahí en más no saben si existe.
“-Tú nos quieres decir que dejemos Luvina porque, según tú, ya estuvo bueno de aguantar hambres sin necesidad -me dijeron-. Pero si nosotros nos vamos, ¿quién se llevará a nuestros muertos? Ellos viven aquí y no podemos dejarlos solos.
“Y allá siguen. Usted los verá ahora que vaya. Mascando bagazos de mezquite seco y tragándose su propia saliva. Los mirará pasar como sombras, repegados al muro de las casas, casi arrastrados por el viento.
“-¿No oyen ese viento? -les acabé por decir-. Él acabará con ustedes.
“-Dura lo que debe de durar. Es el mandato de Dios -me contestaron-. Malo cuando deja de hacer aire. Cuando eso sucede, el sol se arrima mucho a Luvina y nos chupa la sangre y la poca agua que tenemos en el pellejo. El aire hace que el sol se esté allá arriba. Así es mejor.
“Ya no volví a decir nada. Me salí de Luvina y no he vuelto ni pienso regresar.
“...Pero mire las maromas que da el mundo. Usted va para allá ahora, dentro de pocas horas. Tal vez ya se cumplieron quince años que me dijeron a mí lo mismo: ‘Usted va a ir a San Juan Luvina.’
En esa época tenía yo mis fuerzas. Estaba cargado de ideas... Usted sabe que a todos nosotros nos infunden ideas. Y uno va con esa plata encima para plasmarla en todas partes. Pero en Luvina no cuajó eso. Hice el experimento y se deshizo...
“San Juan Luvina. Me sonaba a nombre de cielo aquel nombre. Pero aquello es el purgatorio. Un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio; pues en cuanto uno se acostumbra al vendaval que allí sopla, no se oye sino el silencio que hay en todas las soledades. Y eso acaba con uno. Míreme a mí. Conmigo acabó. Usted que va para allá comprenderá pronto lo que le digo..
“¿Qué opina usted si le pedimos a este señor que nos matice unos mezcalitos? Con la cerveza se levanta uno a cada rato y eso interrumpe mucho la plática. ¡Oye , Camilo, mándanos ahora unos mezcales!
“Pues sí, como le estaba yo diciendo...”
Pero no dijo nada. Se quedó mirando un punto fijo sobre la mesa donde los comejenes ya sin sus alas rondaban como gusanitos desnudos.
Afuera seguía oyéndose cómo avanzaba la noche. El chapoteo del río contra los troncos de los camichines. El griterío ya muy lejano de los niños. Por el pequeño cielo de la puerta se asomaban las estrellas.
El hombre que miraba a los comejenes se recostó sobre la mesa y se quedó dormido.
FIN