martes, 7 de marzo de 2017

MI DOBLE (CUENTO BREVE DE VIRGILIO LÓPEZ AZUÁN)


VIRGILIO LÓPEZ AZUÁN

Eddy me dijo muchas veces, que yo tenía un doble y que se llamaba Miguel. No le di mucha importancia hasta una mañana de domingo, cuando le vi muy serio y seguro de su afirmación. Lo confieso si reparos, la intriga me subió a los ojos, abrió las dudas y desde entonces me siento conturbado.

Para apartar mis pensamientos decidí ir a la iglesia como lo hacía todas las semanas: Me levantaba temprano, mojaba las plantas del pequeño jardín, y de paso, llegaba a la perrera donde Lasy me recibía con una canción danzante en la cola.

Sólo los domingos visitaba a Lasy, los otros días hacía la rutina de tomar el Metro y salir de Villa Mella hasta la Feria para asistir a mi trabajo en las oficinas de la Lotería Nacional. Allí era auxiliar en el departamento jurídico. Cumplía un horario corrido y por demás agotador. Debía velar porque se cumplan los procesos legales para la entrega de los premios a los ganadores de cada semana. 

Fue allí donde conocí a Eddy un señor de poca estatura y ventrudo. Vestía de negro como si tuviera una promesa a la virgen de la Altagracia. La primera vez él llegó alborozado, con una alegría indescriptible. Y no era para menos, se había sacado el premio mayor. Su entusiasmo fue contagioso.

La semana siguiente volvió con el mismo alborozo, también le había pegado al premio mayor. Para mí fue una gran sorpresa la coincidencia. Tantas personas jugadoras y no habían tenido la dicha de agarrar la colita del premio ni una sola vez en la vida. Pensé, este hombre es un dichoso, y él me adivinó el pensamiento, con una agilidad telepática. Me dijo: “Siempre dices que soy dichoso”. Lo revelo, quedé sorprendido, muy sorprendido de sus habilidades.

Yo no daba crédito a la suerte de Eddy, debía ser algo sobre natural. Él es un adivino de los números de la lotería. Eso es. Lo pensé cien veces, pero siempre concluía de la misma manera: “No, yo no creo en los adivinos, eso es pura suerte”.

La tercera vez vino con menos entusiasmo, ya se había acostumbrado a la rutina de pasar por el departamento a realizar los trámites para recibir su premio.

Eddy me invitó varias veces a conocerlo, o conocerme en mi doble, pero siempre algo me bloqueaba. Una cadena de sucesos se generaba a partir la invitación. Siempre yo decía: “Mañana le conoceré”. Una de esas veces cuando emprendíamos el camino, una llovizna hecha ventarrón azotó y nos guarecimos en la casa de Pablo el guitarrista y lo encontramos cantando la canción “Gatita Blanca” del poeta azuano Héctor J. Díaz. Y fue como si ese mismo momento yo lo hubiera vivido antes. Le pregunté a Pablo, ¿cuántas veces has cantado “Gatita Blanca” en este mismo lugar? Él me miró y me dijo: “No recuerdo, la he cantado desde siempre, nunca me he parado de aquí, solo he hecho esto: cantar ‘Gatita Blanca’ por toda la eternidad”. Él vio que fruncí el ceño y me dijo: “Tú también has escuchado esa canción infinitas de veces, debieras revisar tu memoria. Te veo entrar por esa puerta y te sientas en el taburete para deleitarte con los acordes. No es posible que olvides esta canción. Hace apenas unos minutos la escuché en la radio La Voz Dominicana. Por cierto, Héctor debe estar en cabina en este momento”.

El escepticismo apareció de repente y le pegunte a Eddy. ¿Somos reales? Él lanzó una carcajada y dejó ver sus dientes blancos y desparejos. ¡Claro que somos reales!,  –dijo. Las dudas empezaron a desaparecer y me sentí aliviado. Por un momento perdí toda la certeza de identidad, y volví en mí. Pero eso duró poco, me dijo, cuando conozcas a Miguel, dudarás de esta realidad. Él es igual que tú, es tu doble. Andaba por allí y hace unos años vino a recalar por estos lugares. Todo el mundo sabe que él eres tú.

No creía en eso que uno tuviera un doble igualito, y ¿si yo me encontrara con él, o sea, conmigo mismo, seguro me moriría de terror? Alguien me alertó: ¡Si vez a tu doble, ahí mismo morirás! A lo mejor te mueres por eso, por el terror de verte duplicado, otro tipo haciendo lo mismo que tú. Eso no cabía en mi mente. Por más vueltas que le daba, no cabía en mi mente. Me preguntaba, ¿tendrá las mismas ganas de fisgar a la vecina cuando está tomando el baño? Si es mi otro, entonces, ¿él tiene las mismas virtudes y los mismos defectos que yo? ¿Él vivirá con la misma mujer con la cual yo vivo? ¡Qué no se atreva a confundir mi mujer con la de él! Entonces… ¡Nos moriremos los dos! No pensaré más…

Eddy contó los billetes que le había entregado el cajero. Como lo hiciera en otras ocasiones, lo hizo ahora: me regaló uno de mil pesos, y como siempre, yo lo rechacé. Me dijo que debiera tomarlo porque era lo menos que podía hacer por mí. Si gozaba de atinar en la lotería, todo era por mi gracia. Eso lo decía en todas las esquinas donde hacían grupos los jóvenes. En algún lugar yo le revelaba el número que saldría en el sorteo.

Llegó el momento de conocer a Miguel. Eddy me lo mostraría primero para que votara el miedo. Me dijo, detrás de esa puerta está tu doble, prepárate para el encuentro. Nos acercamos, la abrió lentamente. Había dos personas: Miguel, un anciano, con sobreros y lentes como de ojos de botella, y otro joven que recibía unos billetes después de ganarse el premio de la lotería.

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