lunes, 20 de febrero de 2017

Casados alguna vez (Cuento breve)



Casados alguna vez

(Cuento breve)
POR VIRGILIO LÓPEZ AZUÁN

Estuvimos casados una vez… ¿No lo recuerdas? Fue antes del alzhéimer. No te culpo, también yo lo olvide. ¿Acaso el que padece esa enfermedad soy yo y no tú? Perdona, no recuerdo. Iré por una taza de té. No te muevas. ¿De qué hablábamos? Sí, cómo olvidarlo, te hablaba de los tiempos de la guerra, cuando Martín se apareció en la casa, herido de muerte. Mi madre lo curó con unas vendas para atajar el sangrado. Ya tú eras una viejecita que vivía los últimos días en un monasterio de clausura. Recuerdo que esa casona estaba en la colina camino a Peravia, y yo era el muchacho que regaba las flores en el pequeño jardín, sembrado en la parte atrás, cerca de un promontorio. ¿Qué cosas las mías? Hablando de la lucha por el liderato de jonrones entre Mickey Mantle y Roger Maris. ¡No me hagas caso! Esa fue una gran temporada, ¿creo que ya me había casado contigo? Yo aposté a Mantle, ese Maris para mí era un aparecido ante ese monstruo del beisbol. Aún conservo la rosa en el libro. Esa que me regalaste… No, la que te regalaría esa mañana, cuando te asomaste al portal del monasterio. Pensé que era una herejía, regalarle rosas a una mujer que soñaba con ser monja. Me la guardé para que no la vieras. La conservo en el libro del Quijote y hasta puedo asegurar que una vez vi a Dulcinea colócasela en el pelo. ¿De qué hablamos? Tú decías que estuvimos casados. Ahora… Ahora recuerdo, ¿cómo podría olvidarlo? Estabas bella esa noche, mi madre me mecía en sus brazos y tú tenías un hermoso velo blanco, esperando que yo hiciera mi aparición por esa puerta. Así fue, me aparecí elegantemente trajeado con un esmoquin negro, mi camisa con botonadura adornada y mi corbata de lazo. Entonces, al mirar los invitados, tu madre te mecía entre sus brazos, y yo me decidí a esperarte.  William, entró a la iglesia y boceó el jonrón 61 de Roger Maris. No fue en ese momento cuando nos casamos, porque miré y tomabas la leche del seno de tu madre. Eras una carajita, llenita de babas, que con ojos adormilados miraba mi corbata de lazo. Decidí quitarme la ropa que tenía puesta, no sabía exactamente de dónde venía con ese traje. Noté que mis manos estaban sucias del lodo del jardín, que había terminado el desyerbo, y no me lavé las manos. Saqué la rosa del libro y tuve que soportar la protesta de Dulcinea que ya se había hecho dueña para provocar a su caballero andante. Yo me pregunté ¿para qué me sirve esta rosa muerta? Las hojas del libro la tostaron y ahora empezaba a desintegrarse entre mis manos como polvo. Decidí a leer la página donde estaba la rosa, razoné que por algo estaba allí. Seguro marcaba la página donde me quedé en mi última lectura. No era así, un recuerdo como relámpago, me trajo tu figura. Tú estabas en el portal del monasterio y yo te entregaba una rosa. Solo eso, ahora no recuerdo nada. Quizá estuvimos casados alguna vez.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Posiblemente sea el primer cuento de esa naturaleza con tantas variables y en la que penetra el Alzheimer como justificación primaria para denunciar desde un Yo impredecible.Como psicólogo creo, que para trabajar el tema de las enfermedades mentales hay que ser un conocedor de la etiología de esa enfermedad a la vez ser un diablo a caballo.

Roberto Rímoli
investigador
Instituto de Investigaciones Psicológicas.