Por Virgilio López Azuán, C. Ph.D

Pero retomemos el aspecto moral, del límite nace la
moral; la teoría del cambio y todos los conceptos del institucionalismo pierden
forma para generar nuevas éticas de vínculos. El límite contrapone al infinito
y lo niega, se resiste a ser finito. Sin embargo es una parada donde se ponen
en juego los espacios de poder, visto desde una dimensión sociopolítica.
El límite parte en dos la realidad y parte en dos
lo imaginario. Entonces, se crean otras realidades y otros imaginarios.
También, como fenómeno inherente se multiplican los límites. Todos los valores
que desprende forman la base para el establecimiento de nuevas éticas.
En los “espacios habitables” del límite o en los
espacios “frontera” de Trías todo asume nuevos valores, tanto lo “bello” como
lo “siniestro”, y se hace necesario una reingeniería de la razón, un reinvento
de la razón como decía Trías, para explicar en individuo humano y su mundo en
contexto.
Si analizamos el límite en términos negativos, la
condición de individuo “frontera” se definirá mediante la incapacidad de
reaccionar a los cambios, a la creatividad y al derecho de los otros. Comienza
a verificarse la segregación en su fuero individual, perdiendo las actitudes
propias para el establecimiento del vínculo.
Si hay algo que debe destacarse en la teoría del
límite, es la filosofía del vínculo, sobre qué plataforma ideológica se
sustenta y como se manifiestan los términos que los relacionan.
El individuo humano, va discurriendo en el límite,
de manera real o imaginaria. Entre sus aguas se mueve. La condición humana lo
mueve entre dos mundos, creándose al “hombre fronterizo” (Trías, 2006). Por eso
todo hay que repensarlo y recrearlo, para formar otro concepto u otra estética,
capaz de establecer nuevos vínculos entro lo “animal y lo sublime”, entre “lo
bello y lo siniestro” entre el pasado, presente y futuro.
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