jueves, 3 de marzo de 2016

Duelo bajo el sol


Por Virgilio López Azuán

Nadie pasaba, el Sol ardía en la avenida Sergio Vílchez o calle de Monte Río en Azua. Él estaba allí en su duelo, alguien mató a su amigo y se fue. Lo peor era que estaba tirado y nadie le hacía caso hasta ese momento, una calle tan transitada como esa.
Su amigo no se movía y él no podía hacer nada, pero no quería irse solo, dejarlo tirado allí al desamparo, con su barriga hinchada por las horas.
Miraba y volvía a mirar, se le gastaron sus ojitos de asno cansado, pidiendo porque no aceptaba la muerte. Pero estaba decidido, el Sol podía incluso matarlo, quemarle el lomo, deshidratar la soledad y no se movería. No podía creer que su amigo no caminara, no lo creía muerto, solo que pastaba en la calle desolada: cosa de juegos, de burros juguetones que soñaban quizá apoyar la protesta de los médicos.
Sí, eso era. Por eso esperó. En sus andanzas su amigo lo cabeceaba por cuello para que siguiera caminando, y ahora el que no se movía era él.
Bajo la cabeza, la mancha roja de sangre en el cuello le parecía el gris del lodo, el sol en sus reflejos le llevaban el color. Ese fue su autoengaño, por eso no lo creía muerto. Si tuviera del don de la palabra le hubiera dicho: “Vamos, compadre, que el Sol está quemando, me duelen las patas de tanto rato parado”. Lo extraño era que su amigo no se movía y casi estaba aceptando su muerte.
Lo empujó con el hocico y nada. La muerte cayó como silencio en su interior. Quiso lanzar un grito de desesperación, pero se contuvo. Miró calle arriba y calle abajo. Nadie, nadie vino a ayudarlos. Pensó en cuál mundo estaban viviendo, que ellos debían tener hospitales y ambulancias para casos como esos. Pensó que los hombres se cogieron el planeta para ellos solos y los demás animales no valían nada. Pensó tanta rabia que entendió por primera vez la rabia de los perros.
Horas después, ya casado y transido, con un rebuzno que estremeció la playa llamó a todas las bestias del planeta para que le acompañaran a matar la inclemencia.
(Foto: Stalin Alexander Polanco)

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