miércoles, 6 de enero de 2016

También me echaron de la Playa Monte Río.



Por Virgilio López Azuán

En la mañana estábamos en los funerales de ex Síndico de Azua Freddy Pérez. Pero la vida seguía como siempre, en su derrotero. Ya en la tarde en playa Monte Río. Tenía mucho que no iba a la playa por la tarde. Algo pasó que sin planificarlo tomé esa carretera. Al llegar a la curva vi que estaba muy avanzada la construcción de un elevado para la nueva carretera de circunvalación de Azua. Me deslizo en la yipeta como le dicen al vehículo en que ando. Miro a la derecha y atravieso los espinos con mi haz de ojos furtivos.
Miro hacia la izquierda, otros espinos: matorrales y bayahondas; cactus y guasábaras presentidas. Sé que a la derecha aparecerá el camino por donde entra Eddy Noboa al conuco con su vieja guagua. Sé también que he dejado atrás el lugar donde salía el fantasma de una muchacha que pedía “bolas”  a los vehículos de  los visitantes nocturnos de la playa. Ya me contaron que un hombre del Pueblo Abajo la montó en la parte trasera. Cuando miró ya no estaba la muchacha. Se le engrifaron los pelos, aceleró el vehículo y fue a parar a su casa delirante en fiebre. Escuché de ella por el noticiario de televisión cuando dijeron que ese misto corre de boca en boca. No fue que me equivoqué, ni que comí espaguetis, fue “misto” que dijeron en la TV, no mito, como debe ser.
Miren que cosa, comencé narrando un momento triste y ya se me dispararon los cables. Miren como vuela el pensamiento, un funeral, los espinos, el camino al conuco de Eddy Noboa, el fantasma de la muchacha que sale, los pelos que se engrifan y por último el “misto”.
De lo triste a lo misterioso; del miedo a lo jocoso de la palabra “misto”. Esto es complicado… Pero sigo mi camino, algo me lleva a la playa de Monte Río: Carretera buena, tendido eléctrico nuevo y… ya estoy en el badén, por donde el río se mete por abajo. Crucé y un recuerdo de viejos cocoteros me hizo detener un poco la marcha, mientras presentía el fondo gris azul del mar. Arriba en el promontorio, la vieja casa de Bambo Cabral; abajo, arboles crecidos en las ruinas de un antiguo bar, que si mi recuerdo no se ahogó en las aguas que afloran en la boca del río Vía, era propiedad de Eddy Noboa, por cierto.
Tengo la sensación de que alguna vez entré a ese bar o por lo menos lo vi desde afuera. Seguí la marcha. Ya la tarde se hacía algo gris. ¡Caramba, las casitas de Freddy Pérez! Me asaltó esa frase. Al medio día fue sepultado y esas casitas estaban allí una al lado de la otra. Aquellas que contaron historias del pueblo, de amor y pasiones fugitivas. Allí estaban esas casitas, abandonadas frente al mar, hablando con sus paredes en salitre de otra Azua que se fue pero sueña con renacer en cada ola del mar.
Al bar Rancho La Rueda fui muchas veces, bebía nada, sí bailaba. Un poeta que no beba ¿de dónde saca la inspiración? decían los amigos de mi papá en medio de volutas de humo y alcohol. Verdad, no bebía, pero bailaba en Rancho La Rueda. Me gustaban esas ruedas grandes que a veces confundía con los timones de los barcos; esas caracolas dispuestas entre flores, esos motivos marineros, de peces pintados, imaginados algunos talvez.  Esas piedras del mar y esas matas de uva playa que sombreaban la tierra y las cuevitas por donde salían de vez en cuando los cangrejos.
Sí, Rancho La Rueda, era también propiedad de Freddy Pérez que se llevó el azul de las aguas del mar en sus ojos porque no podía hacerlo de otra manera.
Seguí lentamente y me estacioné cerca del antiguo bar del Chino Prieto, porque todavía la gente dice: el bar de Chino Prieto. Fue en ese instante que miré al otro lado.  Suponía una tarde tranquila. Pero me llevé tremendo susto, ¡Me habían robado el mar! Un enjambre autos parqueados a la orilla de la playa, me hurtó la mirada y se tragó el paisaje del agua y horizonte que esperaba. Aunque había mucha gente, por primera vez escuché muy poco los ruidos de las bocinas de los autos, los reguetoneros y dembouseros; los merengueros y los raperos. No sé si fue coincidencia, misterio  o era porque Freddy había muerto. Pero las bocinas estaban bajas.
Me escabullí como pude, crucé los autos y allí estaba el mar. Sí, mi mar de Monte Río. Ese mismo mar que suena en marullos nocturnos en la casa de Chito Naut, que choca sus olas en los arrecifes de mi sueño primero.  ¡Ya rescaté el mar! Dije. Pero solo fue una ilusión. Todo pasó como relámpago quebrado sobre una nostalgia provinciana.
Esa playa Monte Río azotada por las tormentas pensé que no resucitaría jamás de los últimos destrozos. Pero vi desfilar equipos pesados, palas mecánicas, camiones de lodo y después..., mejoró considerablemente. Pero al mar le dio rabia y se alejó más de cincuenta metros. Recuerdo que estuvo cerquita del bar de Michenche y dije: “un día de esto arrastrará a las sillas y las mesas rojas y verdes, y el tradicional culto a San Miguel Arcángel, habrá que hacerlo en la colina después de calentar los palos, darse los tragos de ron y hacer bajar los misterios”.
Y no me olvidaré de aquellos personajes “Monterrío” y “Mantoquequere”, donde quiera que estén. De los pescadores echando sus yolas y sus trasmallos; de tío David López, Palito, Héctor Pérez, Ramón y Alcántara el de la Malaria en el Hospital Simón Estriddels. No olvidaré las tiradas de anzuelos por las noches, terciados algunas veces con botellas de café y la esperanza de que pique un bendito pez.
¡Cóntrale! Disculpen, me he ido lejos. Pero no puedo dejar de mencionar los seres que se han ido, también son parte de la playa. Ellos son los “Ángeles del mar”, los ahogados, los que provocan lágrimas en los recuerdos de sus familias y sus amigos; lagrimas que se convierten en peces fosforescentes por las noches y nadan sobre la superficie de las aguas para que las almas no se sientan solas.
La gente siempre va, la gente se congrega en Semana Santa y otros días, convidada por los andamios de la música de ahora con la lírica de dos palabra repetidas “cuchumil” veces, ra, pa, pa, que es otra forma de mostrar a una clase oprimida buscando redención. ¡Para donde coge la gente en Azua! Allá a lo lejos veo a Mirto con su carrito atendiendo a don Ricardo, de aquel lado un perro tratando de tapar sus excrementos, acá una niña que me pregunta “señor dónde hay un baño para hacer pipí”.
Mi gente no respeta, nadie quiere aportar nada. Perdón, algunos si lo hacen. Vi resucitar varias veces el restaurant Rancho La Rueda, al último fue al amigo Teo que con sus ojos brotados de esperanza lo vio desfallecer. A Teo también lo vi rehabilitando otro negocito como quijote subido en un segundo nivel, mirando el mar sobre las viejas palmas de la enramada de Monga. También Willy, Chito,  José Luis con proyecto de Villa Monte Río, la alcaldía con más intenciones que recursos de los que dispone.  Ellos se resisten a ver morir la playa, ellos les dan respiración boca a boca a esa playa. Porque ya no es la misma de hace tiempo talvez, cuando venían guaguas de estudiantes en giras, algunos turistas y vecinos.
Mi playa languidece. No se descarta que la gente lave los autos con las olas. Tampoco que los motoristas se metan entre las piernas de los niños para romper sus huesos de palito de coco. A los autos les saldrán cuatro patas y pasearán sobre la arena y las gravas; sacarán a la gente y sus dueños lanzarán carcajadas de burlas sobre el paisaje.
Hace poco me echaron del parque, hoy me echaron de la playa. Me echaron de la playa los olvidos, la desidia de la gente, la apatía de muchos, la basura, la tarde gris, la esperanza quebrada en los negocios, el río casi muerto.
No me echaron las olas que por las noches dibujan la luna, ni el romance de una sirena con los piratas del caribe; ni tampoco los tiernos fantasmas de pulpos gigantes que tocan arpegios debajo de las aguas, ni los peces brillantes de la tarde.  No, esos no me echarán nunca. Ellos siempre estarán allí vigilando la bahía, trayendo los motivos para que sintamos los aplausos de la vida. Ellos estarán ahí, esperando que un baño de humanidad limpie los rostros de las arenas, que escuchemos el diálogo de los cangrejos porque vienen los truenos.
Ellos siempre estarán allí, celosos de su mar y de su sol, celosos del paisaje y su montaña. Ellos estarán allí, cuando Azua se levante a las seis de la mañana. 

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