sábado, 9 de enero de 2016

Danzar como guasábaras: El reconocimiento de la Academia Dominicana de la Lengua al doctor Marino Vinicio Castillo.


Por Virgilio López Azuán

Ya me pronuncié sobre el reconocimiento de la Academia Dominicana de la Lengua –ADL- al doctor Marino Vinicio Castillo (Vincho) y dije que no me gustó, pero eso no significa que sea un reconocimiento merecido o inmerecido por el beneficiario.
Cada institución tiene sus normas y procede o debe proceder según las mismas. Como no soy miembro de la Academia no sé cuál fue el procedimiento que utilizaron para su selección, aunque las motivaciones son altamente conocidas ya que los organizadores se encargaron de difundirlas. Se le reconoce por “su fecunda trayectoria en el ejercicio de la palabra con ejemplar exposición oral y escrita en enjundiosas disertaciones y edificadores artículos; su admirable oratoria y sus ilustradas charlas durante medio siglo en las que evidencia el uso correcto del idioma con riqueza de lenguaje y hondura conceptual”. Es por ello, que si se procedió según las normas de eso no tengo nada que agregar, los argumentos están dados y claros. No tengo razón para dudar de integridad del doctor Bruno Rosario Candelier con respecto a su administración de esa entidad. Por eso, tampoco emitiré juicios de valores sobre esos aspectos. Sólo me limito a decir: No me gustó ese reconocimiento y nadie me puede quitar eso derecho: el de los gustos y preferencias. Si hubiera sido miembro de la Academia, no hubiera votado a favor de ese reconocimiento con la certeza de ser arropado por los prejuicios, míos y de los otros.
La mayoría de las instituciones regularmente marchan como marcha la sociedad. De lo contrario, serían entidades “revolucionarias”, aquellas que marcan diferencias y actúan sobre un canon de reacción. En ese sentido, solo hay que revisar los procesos sociales, políticos y culturales del país para hacer inferencias. Para mí no es una sorpresa que seleccionen a Vincho Castillo para ser reconocido por la Academia Dominicana de la Lengua, que un pelafustán sea candidato a senador en la capital, o que una mujer maltrate a un niño y la justicia la mande sonreída para su casa. Me he espantado tanto que ya he dejado mis ojos fuera de las órbitas y me evito la molestia de abrirlos. Lo único que espero es no perder los asombros.
Con este reconocimiento se ha desatado una guerra de éticas y cuestionamientos de méritos y capacidades. La decisión de la Academia, las cartas del doctor Odalís Pérez, el discurso de entrega del doctor Bruno Rosario Candelier, la respuesta al doctor Pérez por parte del doctor Manuel Núñez; la opinión de escritor Sérvido Candelaria, entre tantos otros que se han referido al asunto, ponen de manifiesto la crisis de la crítica y de la exposición de las ideas en la República Dominicana.
La libre expresión de las ideas, cuales sean sus cargas ideológicas, éticas y estructurales, es un derecho ciudadano que debemos aprender a analizar para no caer en la ignorancia por falta de argumentos, para no ser atrapado por indelicadezas y el desborde de las pasiones, para  que no se  aniquilen los valores de verdad de los conceptos emitidos.
Una de las armas de muchas personas, principalmente intelectuales, es el ataque personal, no reflexivo, sin métodos críticos ni creativos. Ese ataque personal se hace regularmente sobre plataformas pseudo éticas. Y eso da mucha pena que en los grupos donde se cultive el intelecto humano pasen esas cosas: la lucha entre éticos y pseudos éticos, con poca cosa que aportar al desarrollo humano.
Nadie puede negar que todo lo anteriormente expresado por los intelectuales forma parte de una construcción social sobre valores e infravalores. Y sabiendo eso todo el que emita juicios, tome decisiones debe estar preparado para el ataque frontal, para la soberbia, para las congratulaciones, los elogios, la pulverización y la inmolación.
Entiendo que el doctor Bruno Rosario Candelier está preparado para todo esto y no hará caso de esta polémica. Como líder de la Academia, él sabía que estas disquisiciones y reacciones le sobrevendrían al otorgamiento del referido reconocimiento al doctor Castillo. Me resisto a creer que el destacado fundador del Movimiento Interiorista esté inquieto, molesto o tenga sentimientos de culpa. Me resisto a afirmar que no actúo de acuerdo a su convicción íntima, manifiesta en su discurso. Esto me genera una situación verdaderamente incómoda, con todo el respeto del mundo a una persona que lo considero fundamental en la promoción literaria y la conformación de un ideal diferente de ver y hacer literatura. Una persona que tiene en mí su más grande admirador por la portentosa obra que ha realizado.
Debo decir necesariamente que la convicción por la cual actúa una persona, una Academia, un Estado o cualquier institución no tiene por qué ser aceptada, aprobada y aplaudida. El acto mismo emanado de esa convicción tampoco tiene que ser aceptado. Ahora bien, existen diversas maneras para proceder al cuestionamiento. Hay estilos que son elegantes, otros incisivos, “caninos y hasta molares”. Nadie debe descalificar a otro por el estilo crítico que asuma, ni los matices presentados en el mismo. Como ya he expresado en otros escritos, me adhiero a la idea de que la crítica necesariamente no tiene que seguir ningún canon, porque esencialmente la crítica es anti canon.
El enfrentamiento personal en el debate es el más fácil, el más cultural y el más peligroso. Algunos le atribuyen su popularidad a la falta de argumentos de los polemistas y a la carga morbosa que puede poseer. Es posible que así sea. Mi opinión es que el enfrentamiento personal no se puede descartar en la crítica como idea rectora para la presentación de valores éticos y capacidades de humanos. No  hay por qué tener miedo al ataque personal, hay que estar preparado para utilizarlo o repelerlo según las circunstancias y las intenciones. El siglo XXI no vive una etapa de paños tibios, ni infalibles querencias y deudas de afectos. Es una época donde los cambios son tan rápidos y constantes, que no da tiempo para elaborar argumentos. Por eso serán siempre riesgosos los juicios de valores críticos y la incorrecta manera de confrontación personal.
No me gusta el reconocimiento que le hicieron al doctor Castillo, pero esas son cosas mías y no tendrán repercusiones jurídicas si no se infringe la ley. No debo ponerme como un  perro rabioso ni satanizar tal acto. Ni  asumiré el discurso de la crítica personal, con cargas ideológico-políticas sectarias y reduccionistas. Ni tampoco me gusta. Por suerte la manera que debo hacer las cosas son propias del derecho que me asiste como persona integrante de un cuerpo social. Seguro que al doctor Castillo ni le interesa que me guste o no su reconocimiento. Él sabe cómo polemista que su sentido y justificación es precisamente lo que genere polémica. Sin ser adivino creo que al doctor Castillo le gusta este tipo de diatribas. Y si le gusta, se la está gozando, cada quien es como es y nada más. Sin embargo, los intelectuales se están “jalando las greñas”, sin ser peyorativo.
Ya dije que no descarto la crítica en la dimensión personal, pero ese discurso crítico adolece de desaciertos estructurales, de fuertes cargas ideológicas y de pocos aportes consustanciales al crecimiento y desarrollo de ideas rectoras, capaces de trascender.
Lamento no ser experto en el tema, pero eso no me limita para que me arriesgue a tratarlo, en definitiva, nadie es dueño de verdades únicas, ni es un solo el “camino que conduce a Roma”. Es decir, nadie tendrá el “vellocino de oro de la concordia” en asuntos tan polémicos.
La crisis no es de las éticas, la crisis es de la gente. Pero cuando la gente entra en crisis tienen y deben surgir nuevas éticas, sustentadas en valores fundamentales, incluyo en leyes fundamentales de la naturaleza. ¿Existen explicaciones, matemáticas, lógicas- naturales que tengan fundamentación en la dinámica de las sociedades? Creo que sí. Pero eso es tema para otro artículo.
En definitiva, las crisis de las sociedades se manifiestan en sus instituciones. Los valores de la justicia y las éticas están siempre en proceso de construcción y desconstrucción.  En este momento el país pasa por un proceso de desconstrucción que permea desde la institución familiar hasta el Estado, desde los menos academizados hasta los más ponderados intelectuales.
No creo que el doctor Marino Vinicio Castillo tenga una estirpe procera como es percibido el concepto en el imaginario patriótico del pueblo dominicano. Y no creo que el doctor Bruno Rosario Candelier, excelente filólogo, haya sustituido las palabras “elevado” o “sobresaliente”, por la de prócer. Lo menos que se puede decir de una persona que recibe un reconocimiento es que una persona sobresaliente, o elevada en lo que hace.  Si fue así, y disculpen la inferencia, hubo un lapsus linguae, y si lo hizo con expresa convicción y certeza, puede ser contradicho y criticado él y la Academia con toda justicia.

Mi criterio sobre el ideal del mérito está basado no solo en la excelencia de las capacidades de los individuos  en tal o cual área, creo que hace falta más. Recuerden que es un ideal. Quizá el mío en particular no valga mucho, pero el ideal colectivo, ese mismo que pudo haber sido creado, incitado, fabulado, patrocinado, manipulado, es el que vale para categorizar el mérito. Es el que vale para que el mérito sea “legítimo”, para que sea interiorizado “en los altos andamios” del alma del colectivo. Así es y así será. Eso creo y creo más: creo que es mejor “danzar como guasábaras” antes de que uno de nuestros intelectuales y políticos acaben con este escrito. 

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