jueves, 28 de enero de 2016

Aproximación a unos comentarios literarios


 Por Virgilio López Azuán
(Ingeniero Agrónomo)


“Si solo haces lo que la gente espera de ti,
                  quiere decir que no tienes vida propia”
                                                  (José Carvajal)
                                                                                                                            
A raíz de la premiación de uno de nuestros libros: Sumer: poética de los números” por parte de Fundación Global Democracia y Desarrollo –FUNGLODE-, el periodista José Carvajal realizó unos comentarios según su concepción de la poesía, la historia del pueblo sumerio, el veredicto del jurado seleccionador de la obra, el significado de los números y las supuestas deficiencias de la obra  y el autor.
Algunos escritores dominicanos, amigos y familiares, me llamaron y me dijeron que no contestara esas opiniones. Unos me alertaron que los juicios emitidos tenían deficiencias académicas, resentimiento ideológico, prejuicios; y sobre todo, que esa persona era reincidente con su estilo de zaherir la producción literaria dominicana. Me dijeron más,  que había “acabado” con gran parte de la obra de connotados escritores del país, que era mejor no meterse con él, que no ganaba nada con ese debate, que me olvidara eso; que a todo no se le hace caso,  que él no tenía la sustancia gris que amerita el crítico literario de estos tiempos… También me dijeron lo contrario,  que era una persona con muchas capacidades como editor y corrector de estilo, que había pocas personas como él en su área, que es un hombre de televisión, que ha sido reconocido por grandes gurús de la comunicación internacional…
No soy dado a tratar temas sobre mi producción literaria. A parte de que se ve mal, no me gusta. Pero confieso que la manera en que el periodista Carvajal anunció al país la crítica que le haría a mi libro, me llamo mucho la atención.
Desde mis años como profesor de secundaria y profesor universitario he estado esperando al Pedro Henríquez Ureña que supongo perdido y que sería encarnado en alguien en cualquier momento de la actualidad. Cómo no le conocía, me pregunté: ¿Será el señor Carvajal el Pedro Henríquez Ureña o el Alfonso Reyes que espera la crítica literaria dominicana? Pensé inmediatamente que se aproximaba una gran oportunidad para crecer, para que finalmente los gazapos de la literatura dominicana encontraran a un médico que aliviara sus males.
Inmediatamente investigué sobre sus producciones, su trabajo, sus críticas, su blog, su currículo… Y dije, esperaré que escriba para leerlo. No debo hacerme prejuicios, a lo mejor este joven que anunció el “desate de los demonios en el parnaso dominicano” nos trae algo interesante del cual podamos aprender. El periodista Carvajal en su blog escribió su criterio sobre la obra aludida y no quise contestar, siguiendo el consejo de mis amigos. Tampoco soy muy contestador y no me gusta como he dicho. Escribo poemas en mis horas libres y ya; pendejadas de un provinciano con memoria de izquierdista que fue a Cuba y no fue a Rusia y se quedó en su “aldea”, recogiendo tomates en huacales. No más.
Sin embargo, como lector no encontré altura en los juicios críticos de Carvajal para un debate, pero esperé que le hicieran caso los demás “demonios” que supuestamente se desatarían. Esperé pacientemente caer en el ojo de un huracán. ¡Pero qué decepción nadie le hizo caso a la “crítica” realizada a la obra y no se desataron tales demonios! Me quedé con ese sabor.
Los juicios de valores sobre cualquier temática artística suelen resultar peligrosos. Y más para neófitos. Uno de mis defectos que he identificado es que me siento neófito en todo, y por eso nada “humano me es extraño” cuando opinan de lo que hago. Es más, algunas críticas con sañas han servido para encontrar nuevos caminos de expresión. Todo lo considero importante, hasta lo que no sirve. Ahí está la obra del artista en la vida “convertir en milagro el barro” (SR). Por eso, al leer la opinión del periodista Carvajal me sentí indemne. Cada profesor elabora su examen y supone si sus estudiantes lo pasarán o lo reprobarán. A veces aciertan y otras se equivocan. Y el profesor periodista José Carvajal me examinó y supuso quemarme, y “me quemó”. Bueno, si no hice la tarea, soy el alumno y se supone que  él es el profesor.  En su examen me hizo la asignación de la búsqueda estética de la significación de los números sobre la base de la historia de los sumerios, cosa esa que los antropólogos sudan razones para elaborar teorías de referencia.  
Pero el periodista, ni él fue el profesor, ni tampoco puso la tarea para que la reprobara. Él como lector o como “crítico” hizo sus propios juicios y resultó  que nos ha regalado una “metáfora malograda”. La mejor metáfora que leí en su escrito es precisamente “la metáfora malograda”. Irónico, ¿verdad? El crítico y la crítica que esperaba no fueron convincentes.
Un obra debe defenderse sola. Esa frase no es mía y está manida. Y yo creo que es una buena frase aunque esté manida. No trataré de defender mi oficio poético. Si la obra no trasciende, amén. Si los críticos la acaban, amén. Si no le gusta a nadie, amén. Lo mismo me pasará si sucede lo contrario, si gana el Premio Nobel, el Cervantes y todos los premios inventados en el planeta, amén, amén.
Concurso cuando quiera y donde quiera, amén. Gano premios y pierdo, amén. Son cosas de mi intimidad y convicción. Si a alguien no le gusta, respeto su opinión con todo su derecho. Pero les dijo que estaré siempre tranquilo.
Sin embargo, tengo que agradecer al periodista José Carvajal la molestia de haber leído literalmente el libro. Si yo hubiera sido él no lo hubiera leído entero. En el campo dominicano dicen que uno “no debe comerse lo que no le gusta”, y parece que está de moda la frase “comerse un tiburón podrido“… Y además, “uno sabe cómo será el día solo con ver el amanecer”. Desde las primeras páginas el buen lector sabe si el libro vale la pena leerse. Y él tuvo la proeza de leerlo entero. ¡Qué honrado me siento, tengo una persona en el mundo que leyó un libro de mi autoría! Repito, no hubiera leído el libro entero y no me hubiera molestado en escribir notas sobre él. Supongo que algo interesante tenía el libro, pero el periodista Carvajal no me dio el placer de conocer esa faceta de su opinión. Para él es un libro malo, demasiado malo, porque no dice lo que él quería que dijera. Porque no se hizo un tratado histórico de la cultura sumeria, y lo mejor de todo, que tuvo el valor de declarar incapaz de conocer esa cultura a un rector de una Universidad. ¡Vaya usted a ver! Los palimpsestos sagrados temblaron. 
Me sorprendió mucho que nuestro “crítico” dedicara muchos párrafos a lo que él llama metáfora malograda “vinagre molido”,  y a otras pequeñas observaciones discutibles. Me sorprende que este libro donde hay tanto para la crítica literaria, tampoco el periodista Carvajal haya hecho la tarea. ¡Qué pena! Quería que alguien me estremeciera con sus argumentos, que alguien me chocara contra la pared y despertara en mí los nudos del lenguaje, los caminos borrascosos de la estética que pueden matar a  un poema. La pena es que en varios momentos me convertí en un criminal y él ni  cuenta se dio.
En definitiva, nunca he soñado con la gratitud de nadie. Ya Martí y Máximo Gómez hablaron de eso. He dicho y lo repito. No sé si Antonio Machado fue sincero, pero yo siento mi sinceridad: “Nunca perseguí la gloria/ ni dejar en la memoria de los hombres mi canción”. Lo que diga un crítico es importante, pero yo lo que quiero es que ese crítico me “espante los demonios” con una verdadera crítica literaria. Es una manera interesante para crecer.
Pero que nadie se meta con poetas, tengo libros en mis manos de escritores que han ganado el Premio Nobel que son puros panfletos, y son adoradas piezas del parnaso para los llamados críticos. Tengo también joyas de la literatura que han sido ignoradas y vituperadas y le tapan la boca a verdaderos críticos. Tengo críticas excelsas y tengo críticas de marras. Hay todo en esta viña. ¿Y entonces, periodista Carvajal?
¿Cuál es la función del crítico literario? ¿Será la censura de una obra por un error tipográfico de una mala edición, como el caso de una “crítica” suya, por demás injusta, a una obra del doctor Manuel Matos Moquete y a otra de José Acosta? ¿Será cuestionar palabras, giros lingüísticos, el valor de las metáforas? ¿Será estrangular al literato por ser “subvertidor” del idioma y gozárnosla clavando en una cruz a César Vallejo? ¿Será el guardián, el centinela del purismo idiomático? ¿Será que su tarea es crear esquemas para encerrar con candado al que genera el acto creativo para luego votar las llaves? ¿Sabe un crítico lo que verdaderamente significa un acto creativo en la literatura?   No creo que estas preguntas me aporten respuestas concluyentes.
Una pregunta interesante ¿Qué es necesario para que una obra literaria sea una obra maestra, no perfecta como la quieren ciertos “críticos”? No es una pregunta nueva, muchos estudiantes del nivel secundario la hacen con frecuencia en las aulas. La escucho en los talleres literarios, en los círculos de estudios, en núcleos de intelectuales; escritores noveles y escritores consagrados. Existen modelos para encuadrar a una obra literaria y tipificarla como maestra. Las hay desde muchas vertientes, desde el manejo del lenguaje, de la temática, del uso del tiempo, de la estructura, de su incidencia en la época, de la ruptura del canon, etc. Las hay porque conjugan las dos, tres, varias de las vertientes citadas; las hay porque incluyen ideas innovadoras, revolucionarias, valorativas, éticas y mil aspectos más... No existe una versión única, una crítica individual o colectiva, que tenga la última palabra para catalogar y definir a una obra como maestra. Ni nadie puede abrogarse la erudición para imponer un canon crítico valorativo, tomando en cuenta que la crítica literaria suele ser anti canon.
Hay obras literarias que solo el tiempo permite que los ojos de los críticos vean sus luces; solo el tiempo, los contextos históricos las colocan en su justo lugar. Ejemplos hay muchos: obras de Cervantes, Víctor Hugo, Julio Verne, Poe, Kafka, entre tantos.
¿Sería substancial que un crítico literario gaste cuartillas denostando a un escritor porque en su obra haya un error tipográfico, que él convierte en error ortográfico para hacer daño? ¿Sería procedente que todos los escritores sean expertos lingüistas, acabados filólogos, antropólogos del idioma, antropólogos temáticos, filósofos del lenguaje para que entonces escriban? No lo creo. Esas capacidades pudieran ser ideales, pero no una condición imprescindible. Conozco amigos filólogos, críticos literarios, lingüistas, doctores en lengua, traductores y especialistas de alto nivel; ¿y saben una cosa? No han escrito y no pueden escribir un solo poema trascendente, un solo verso trascendente. Ya lo dijo alguien “en un verso cabe el Universo”: UN+I+VERSO (Uno+Interior+Verso). ¿Y es fácil introducir el Universo en un verso? Eso no lo hace un crítico. El poeta puede hacerlo, y lo hace muchas veces.
Si el poeta es capaz de sintetizar, de resumir y hacer rezumar el Universo en un verso, haría un ejercicio creativo de la síntesis, la consumación del objeto de la poesía. ¿Podrá un crítico ahondar en las profundidades de esos universos creativos? Dudo que lo haga. Por más hondura del ejercicio crítico, por más métodos críticos utilizados estaría condenado al reduccionismo, a perspectivas limitadas, acantonadas en las alturas de la erudición académica y del ego.
Lo que significa que ningún escritor debe estrangular sus emociones contra la crítica. Si ese ejercicio es bueno, en una escala de valores adecuada; debe saber el escritor que existen miopías, oscurantismos y agregados psicológicos que pueden impactar en el sujeto que realiza la crítica.
Lamento profundamente cuando leo alguna “crítica” realizada a un libro que la misma no pase de ideas triviales: una supuesta “Metáfora malograda”, el error por confusión de una “c” y una “s” de tipo ortográfico o tipográfico… ¡Qué sé yo! O simplemente porque parece que se usara una preposición de manera incorrecta, o que no se ahondara en la temática tratada. Y eso que no refiero la jubilación de la ortografía de Gabriel García Márquez.

El síndrome del pesudo crítico literario es buscar en todo lo que analiza la “obra perfecta”, ni siquiera la maestra. La obra maestra resiste crítica denostativa, aquella que anda perdida en los confines de su propio imaginario de referencia. El tiempo es un factor que no debe despreciarse, el tiempo eleva y sepulta las obras; tapa las bocas de muchos críticos y a otros los hace inmortales. Ejemplos hay demás. 
El crítico literario en el sentido anteriormente expuesto actúa como un policía, si hay transgresión idiomática, estructural y de sentidos, entonces cae presa la obra y cae preso el autor y el editor.
Si  a errores  vamos, los encontraremos en los escritores, editores, críticos, correctores de estilos, en toda actividad humana. Lo peor de ciertos críticos literarios es que no curan las heridas hondas de sus frustraciones, es que solo tienden a solazarse con los gazapos de los otros, que apuestan a la obra perfecta y al ideal de trascendencia que bulle en mente estereotipada.
Pero no vayan  a pensar que estamos justificando los errores, los cuales nunca deben pasar en una obra. Lo que no voy  es a satanizar la obra por eso. Puede satanizarla un corrector de estilo o un editor que quiera darse a conocer para vender sus servicios, y nada más. ¿Cuántas obras no han sido corregidas en otras ediciones?
Defiendo la postura de que la crítica literaria debe ser anti canon, pero no significa que sea amorfa, y que no soporte rigurosidad. Al contrario, la metodología asumida por una buena crítica debe superar el literalismo como fin y presentar exposiciones critico- estéticas.  Producir una manera de expresión objetiva, trascendente y consiente, en donde no debe existir canon alguno; ya que el mismo no está dado y  que sea un ejercicio para búsqueda de su concreción.
En nuestro medio suele confundirse la ciencia de la literatura, la crítica literaria y la “disparatología” argumentativa, como una malformación del discurso Aristotélico, de razonamientos analíticos y dialecticos;  la lógica simbólica y la argumentación.
Existe una crítica literaria de escarpelo con características eclécticas, donde la insidia juega un papel cuestionable que delata los “Renglones Torcidos de Dios”, del crítico. Aquí se transgrede el espacio limítrofe de la razón. El crítico se sale del espacio vital del límite, donde se fraguan todos los procesos lógicos-argumentativos. Entonces se pierde la oportunidad de hacer una crítica creativa y con carácter estético-literario. La crítica literaria tipo gendarme no tiene sentido, las estocadas de las bayonetas solo son impulsadas por egos ancestrales, no por la necesidad que debe existir en la construcción de un discurso trascendente. Como dice Domínguez Caparrós (2009), “la crítica literaria no trata de los sentidos, sino que produce los sentidos; no busca el fondo de la obra, puesto que no existe, sino que sólo puede continuar las metáforas de la obra”.
En estos tiempos cuando el hipertexto asume un rol importante en la literatura, cuando el bilingüismo es cada vez más utilizado, cuando el lenguaje de los grupos oprimidos asume poder de mercado editorial y musical; cuando la interculturalidad, supone la búsqueda de nuevas expresiones como objeto de derecho, es bueno dar paso a una nueva voz crítica en el mundillo literario.
Sin duda alguna la literatura con una mirada al universo inmensamente pequeño como el expresado en el concepto cuántico, tiene un espacio más grande que el universo extra celular. La mirada detenida al torbellino que supone la concepción del tiempo en la postmodernidad, no solo impacta a los creativos literarios, sino a la fundamentación de la crítica misma. Hay nuevos sentidos críticos para todo, y algunas opiniones de lectores se están quedando atrás, en los mundos arcaicos de las infravaloraciones.
Si una razón crítica no aporta nada innovador, sino la vieja práctica de la censura por el retorcimiento egoico, ideológico o por fulminantes descargas de impotencias ante cualquier visión de la realidad, no debe hacérsele mucho caso por lo recursivo o porque pone en vigencia la frase de que “todo está dicho”.
Solo un análisis crítico innovador y creativo puede desterrar lo prosaico y alcanzar lucidez, brillantes de tipo poético. Es alcanzar el nivel poético de la crítica. No creo que el periodista Carvajal haya hecho esa tarea y yo espero más de él.
Cada quien, como se dijo anteriormente asume su análisis desde su perspectiva, en el caso de un corrector de estilo para obras literarias, no debe esperarse que sea un experto en los misterios de los arcanos mayores, ni tampoco que en el texto encuentre simbologías de carácter metafísico, filosófico o cualquier conocimiento hermético. Eso sería mucho pedirle y se corre el riesgo de vulnerar el carácter “científico”, que por demás siempre será reduccionista.
No se le exigiría que haga suposiciones desconociendo los acuerdos toltecas y que ahonde los mundos metafísicos, cabalísticos, místicos, míticos. Tampoco que apele a teorías que pasan por un proceso de confirmación como la historia de los números sumerios. Nadie le puede reprochar que no critique el mal uso del idioma, porque esa es su tarea.
Nunca he creído que la función de la crítica literaria es la búsqueda de “la quinta esencia” ni la “consumación de la blancura”; tampoco en que su discurso subyaga la anulación de los todos los campos creativos frente a un canon pre esquematizado fuera del limes, evocando la Muralla de Adriano o aquél espacio referido por el filósofo Eugenio Trías.  
La obra es producto del autor desde su perspectiva de creador. El crítico de la poesía, podría inferir en las materias primas de la obra que son lengua, lenguaje… Pero jamás podría colocarse en el justo lugar de la perspectiva del autor para auscultar la fuente creativa que traduce o trata de traducir en su texto. Esa es una desventaja para el crítico.
El que emite juicios críticos está impactado por sus saberes y contextos, decenas de autores han renegado de sus obras después que pasa un tiempo de darlas a conocer, creo que a muchos nos sucede. Solo los “genios”, aquellos que están colocados en el aura olímpica de una metáfora inusitada no les pasaría eso. Aquellos que su “pureza que viaja como los vientos” (WM), y que sus opiniones inmaculadas no son capaces de ser manchadas ni siquiera por el minúsculo ADN de las mitocondrias o el impulso simple de un taquión.
Quizá Nietzsche, filólogo, nihilista y filósofo será siempre incomprendido  por su naturaleza controversial, por sus propias contradicciones y negaciones de sus postulados, o por el manejo histórico-ideológico asociado al pensamiento de la Alemania Nazi. Él fue seguidor de Schopenhauer y sobrepasó la dimensión de lo literalmente humano para plantear la aparición del “superhombre”. Y es allí donde se colocan ciertos críticos literarios sólo ven lo “malo” en la obra que critican, ven la parte sufrible que regresa y regresa en sus discursos.  En sus análisis ven “girar los deseos y los impulsos humanos” (Sabater, 2013) a lo Schopenhauer. Pueden convertirse en nihilistas o en misántropos sin darse cuenta; aunque la filantropía no sea una condición necesaria y suficiente para hacer una buena crítica literaria.
La búsqueda de la verdad desde perspectiva nietzscheana, aceptada, atacada y rechazada por muchos porque apunta a la creación del concepto del  “superhombre”, si la aplicamos al crítico literario para la búsqueda de la “superobra” u obra literaria perfecta, nos planteará un dilema tenso, del análisis entre el autor y la obra misma. ¿Estamos buscando el súper autor o la súper obra? Si existiera el súper autor y produjera la súper obra, sería súper autor siempre y produjera la súper obra siempre. Pero no es así. En el mundo literario no se da ese fenómeno. Es muy difícil que todas las obras de un mismo autor sean obras maestras y menos perfectas porque no existen. Ni que todas las críticas literarias a los textos sean también críticas maestras o perfectas, portadoras de un estado poético al manejar la metodología para la crítica literaria. Ciertos críticos se pierden en el mundo del perfeccionismo porque viven en sus “altas cumbres”.
Lo más fácil es que trabaje con lo que sabe: recurrir a la memoria histórica acrisolada en lecturas pasadas, clásicas o modernas; que apunte la literalidad como sostiene Domínguez Casparrós (2009) que  se concreta en los procedimientos literarios (constituyentes fonéticos y léxicos, disposición de las palabras, construcciones semánticas, etc.) De esa manera podría desautomatizar la percepción de las formas, presentando nuevas escenas de la realidad. Lo más difícil, junto a lo anteriormente expuesto, es superar la literalidad y llevar la critica a un estadio superior, despojada de los gazapos del ego humano, donde sus argumentos tiendan sábanas de verdades objetivas y trascendentes.
El limes donde se mueven ciertos críticos literarios suele ser un espacio carenciado de auténtica paz. Con razón o sin razón crítica ellos buscan sus verdades acantonándose en lo alto de las montañas del ego. Se pueden creer “superhombres” que desde sus perspectivas planean lo mismo que Nietzsche: “Dios ha muerto”. Se abre el infinito de la elocuencia para ellos. Quizá eso no sea lo malo, que “Dios haya muerto”, lo malo es después de creer a “Dios muerto”, ocupen su lugar con la grandilocuencia de lo perfecto, por encima del estadio poético mismo, con la arrogancia de Thor ya demonizado por los cristianos. Entonces, en esas condiciones los críticos siempre harán especulaciones, siempre lanzarán miradas torcidas a las obras, inferencias tal vez; juicios basados en esquemas, corrientes de pensamientos, condiciones humanas, y sobre todo con la amenaza que plantea la dimensión temporal en los análisis.
Les aseguro que si estas palabras las hubiera escrito diez minutos después de haber leído los argumentos sobre la obra “Sumer: poética de los números”, externados por el periodista José Carvajal, el discurso no sería el mismo, el análisis no sería el mismo, ni el tratamiento hacia su oficio de “crítico literario” sería el mismo.
Como todo tiene muchas caras y un buen analista o crítico no puede ni debe aparcarse en sus “jardines de confort” para analizar una obra o cualquier actividad humana, he aquí otra versión desde otra perspectiva. Una versión que apunta al ejercicio de la crítica literaria: Necesitamos a los críticos, a los buenos y a los malos, a los reduccionistas y anarquistas, a los omnisapientes; “onniausentes” y omnipresentes, a los nobles y a los villanos. A los que miran de forma tubular y a los que observan de manera minuciosa holística. No estaría contento si una obra creativa no se sometiera al escrutinio de una ciencia objetiva y hasta de marras. Esto ayudaría a distinguir y calificar la profesionalidad y la objetividad del sujeto quien critica para aceptarlo o descalificarlo. Estas personas, corren más riesgos que los poetas, porque a un crítico no se le perdonaría que por desconocimiento temático de un texto pierda su tiempo empantanado en el análisis de una metáfora. Esa misma metáfora que la ve malograda porque los lentes de su mundo interior están malogrados para ver: están rotos.  
Tomaremos otro ejemplo altamente conocido, pero siempre bueno. A nadie le sorprende las tesis que ha generado en la crítica literaria el micro cuento de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Decenas y decenas de cuartillas de contenido crítico han sido llenadas solamente para el análisis de estas siete palabras. ¡Miren esto! Tenían que ser siete palabras. Solo el número de palabras nos lleva a un análisis cabalístico del llamado micro cuento.
También podríamos inferir en la escala crítica conceptual en este escrito de Monterroso su ambigüedad temática, su multivocidad, la referencia primitiva y hasta los conceptos antiguos y modernos del conocimiento y el alma humana.  ¡Pero, fíjese como son las cosas! Si le muevo el signo de coma para otro lado en el referido cuento y digo: “Cuando despertó el dinosaurio, todavía estaba allí”, se abren otros sentidos, otros análisis. En el primer caso, literalmente se aludía a un dinosaurio, y en el segundo caso, nadie sabe “quién estaba allí”. Se generan mundos de altas críticas de tipo mítico-platónico, desde la teoría aristotélica del movimiento hasta la teoría de la expansión del Universo.
Así es, los críticos tienen una tarea “maldita” cuando analizan poesía, aunque el escrito Monterroso se considera como un micro cuento, también tiene su carga poética.  Como decía, los críticos no solo no se arriesgan a salir mal parados, a “no hacer la tarea”, sino a exponer sus limitadas capacidades metodológicas por la subjetividad poética. Si se mata la subjetividad, se mata el lenguaje poético desde la producción individual y habrá que producir una poesía de manera colectiva. No creo que el individuo humano también se le niegue crear sus propias subjetividades.
Entiendo que el crítico literario se convierte sin quererlo en un puente entre el autor y el lector. Son muchos los motivos que lo impulsan a realizar su trabajo. Como ya se ha dicho y ahora referenciado algunos le atribuyen el trabajo del crítico al “fracaso literario” (François Truffaut, 1932-1984), y la incapacidad de producir su propio acto estético trascendente en otro de los géneros literarios. No se atreven a desarrollarlo porque supuestamente tienen miedo de ser juzgados. Según esas opiniones equivocadamente el crítico piensa haber encontrado el género ideal  para descargar sus frustraciones, sus incapacidades, sus rupturas personales y sus egos enfermizos.  Otros sostienen que el crítico literario realiza el oficio como sostén del márquetin de las editoras, produciendo sensacionalismos con fines comerciales aunque tengan que elevar a las regiones inaccesibles del arte grandes panfletos y sufribles propuestas literarias. Sin darse cuenta, los hay que utilizan los prejuicios o falacias filosóficas como la de apelación a la autoridad para aprobar o rechazar textos literarios (Caso margarite Durás, 1914-1996) o cualquier otro autor que haya tenido éxito, sin observar las características que determinan una buena crítica literaria sin tomar en cuenta al aspecto temporal, “donde se prejuzga lo bueno con lo antiguo” (Domínguez, 2009), lo bueno por su antigüedad (eso es mío).  
Ese tipo de pensamiento y opiniones sobre la crítica no puede ser más que una desviada evolución de los análisis que se les hacían a las obras literarias antes del siglo XX cuando primaban los aspectos subjetivos, goces, sentimientos, que luego dieran un giro al aparecer la escuela Formalista Rusa en San Petersburgo que dio razón a la construcción de la literalidad como fundamento u objeto de una ciencia de carácter literario. Y tenía que ser rusa, donde precisamente muchos de mis amigos, izquierdistas de las décadas del  60 y 70 se formaron, hoy existencialistas y renegados, porta estandartes de un llamado neoliberalismo salvaje, que no es más que un capitalismo en decadencia; una “civilización” moribunda donde una ínfima minoría tiene más riquezas que las grandes mayorías de la población a escala planetaria.
Es decir, que el mensaje de los Formalistas provocó rupturas en cuando a la manera de hacer crítica literaria, principalmente en cuanto a la teoría de funciones del lenguaje, donde tienen sus espacios Víktor Shklovski (1893–1984), Vladímir Propp (1895–1970),  Roman Jakobson (1896 –1982). En el caso propio Shklovski nos ayudó bastante debido a sus estudios principalmente en el género cuento, el género en el cual hemos incursionado con un poco más de deseo, impulsado por las ideas, el canon y el paradigma latinoamericanos y la proximidad con el  maestro Juan Bosch. Shkloyski que apostaba a la desautomatización, al análisis de tipo formal y percibe la forma del texto y la realidad, de igual manera estética. No era casual que para principio de siglo XX en Europa entraran al discurso literario, principalmente creativo, el surrealismo de Breton con Philippe Soupault, Louis Aragon, Paul Éluard, René Crevel, Michel Leiris, Robert Desnos, Benjamín Perét, y el Dadaísmo como una acción antagónica a los pensamientos mecanicistas.
Si el siglo XX fue el siglo de oro para la filosofía moral (Guisán, 2005). También en el  siglo XX empezó la enfermedad y muerte de la moral. El siglo XXI será la sepultura de esa moral alcanzada hasta el siglo pasado y el renacimiento de nuevas éticas y formas diferentes de ver al mundo, de la trasmutación del pensamiento. Po eso no es raro que la crítica literaria asuma nuevas posturas y supere los métodos formalistas, mecanicistas y a veces canónicos
Hay críticos literarios altamente influenciados por el pensamiento de Schopenhauer “la gran voluntad que lo mueve todo, es una especie de monstruo terrible, que desea permanentemente, que acumula el frenesí de las pasiones que no tiene ningún objetivo, que desea cosas que no llevan a nada, más que a seguir deseando” (Savater, 2013), deseando una obra literaria perfecta y luego se cansan para desear otra más perfecta todavía.
En fin, ciertos críticos nuestros son como los hombres víctimas del sufrimiento de todo lo que lo rodea, en este caso toda la literatura, especialmente la dominicana. Pero olvidan que el mismo filosofo aludido plantea salidas para el sufrimiento a decir Fernando Savater una de ellas es la contemplación estética porque todas las artes son liberadoras de la “maldición de la voluntad” en ciertos grados. Algunos críticos literarios escriben “parerga y paralipomena”, no el sentido filosófico, sino en el sentido literal de estas palabras. Todo afuera es insignificante e insustancial. Sin embargo, no son capaces de escapar de la “maldición de la voluntad”.
O sea que la formación de un individuo en Rusia en los tiempos de Guerra Fría, que tenga actitudes literarias, jamás pasaría de forma desapercibida la influencia de los formalistas. Tampoco una persona cuyo carácter sea “contestatario social”, revolucionario de los “caos verdaderos y supuestos”, estaría fuera del paradigma marxista, tendiendo a anquilosarse, si no le siguen propuestas renovadoras como condición natural del pensamiento humano y las sociedades. Por demás la propuesta de los formalistas es un tanto mecanicista y de alguna forma puede parecer “encasillante”, ya sea por su rigurosidad o prejuicios ideológicos políticos. La ciencia de la verdad y la objetividad resiste relatividades.
La visión espacio-temporal de las cosas, es clave no solo en los campos de la física, sino en el aspecto más concreto, en las sociedades, en el análisis de los contextos pasados y presentes. La crítica literaria de hoy no puede ser la misma que las de antes del siglo XX, ya posee otra rigurosidad dada por el pensamiento y los aportes metodológicos que superan cualquier forma de cuestionamiento a priori o que sesgan la cosmogonía. Esa que puede presentar una obra de carácter estético como la poesía, por meros formalismos y apelación a plataformas egoicas, solo por rebeldías ideológicas y pugnas personales;  esto en detrimento de un género como la crítica. Esa crítica que tiende en su expresión más acabada a generar campos creativos de trascendencia y no quedarse en  la estación primitiva del descarte o aprobación de una obra literaria.
La crítica literaria es un acto creativo y valorativo; más creativo que valorativo. Es un ejercicio que el valor lo da el ejercicio mismo, la capacidad de convencer y  generar las explosiones de verdades ontológicas mediante rupturas y propuestas con nuevas  miradas filológicas y la inclusión de las nuevas tecnologías del pensamiento. Alejarse del comentario literario es lo más prudente, lo más beneficioso para la literatura y los autores. Crear una plataforma holística de donde se puedan lanzar crispas creativas de la crítica aunque estas chispas se conviertan en bombazos lastimeros, pero en definitiva revolucionarios.                                    
Vayamos a lo local, algunos elementos que han influenciado la crítica literaria aplicada a los escritores dominicanos son los asociados a los movimientos y corrientes de pensamientos literarios y estéticos atrasados y vigentes. Como país insular (antes del boom de las tecnologías de la información y la comunicación) impactaron los modelos de escritura europea, latinoamericana y norteamericana, aunque en algunos casos la oriental. Escritores conocidos formados en Francia, la antigua URSS, y los Estados Unidos de América, trajeron modelos, matices, estructuras; temas no solo para ser desarrollados como actos de creación literaria, sino también con los esquemas críticos.  Pero la crítica literaria siempre fue escasa o casi nula. Se acogían a las ideas de Formalismo Ruso, la estilística y el neoformalismo estructuralista, que tienen como se dicho el carácter mecanicista.
No nos detendremos en las causas porque sondear los espacios racionales, lo vericuetos caminos de la mente humana y las emociones que generan la infravaloración de la obra de escritores dominicanos porque se necesita un análisis con mayor profundidad. Se necesitan sociólogos, “culturólogos”, psicólogos, psicolingüistas, interculturalistas, etnólogos, neurocientíficos... Para algunos europeizantes, y “norteamaericanizados”, nada de lo que se produce en este país sirve. Ni su literatura, ni su desarrollo, ni su gente, ni nada. Es como un odio cultural. Pero lo peor del caso es que solo sirve lo que ellos hacen y critican. ¡Qué falacia!
Hay también escritores impactados por la historia revolución rusa, el nacionalismo nazi, la segunda guerra mundial, la impronta de la revolución de Mao Tse-tung, la revolución cubana, las dictaduras latinoamericanas. Personas que lograron salir y formarse de alguna manera aunque no sea necesariamente en humanidades ni en literatura, fueron víctimas por choques de ejemplos culturales y conocimientos nuevos a los cuales no tenían acceso los escritores del patio. Esos escritores del patio para ellos, son y serán siempre malos, muy malos;  y ellos son buenos, muy buenos, “superautores”.
Ellos piensan que el tiempo en el país se paró en las últimas tres décadas y estamos en el mismo estado socio cultural que nos dejaron en la década del 80. Y que ellos avanzaron y están encima en el tiempo tres siglos. Se abrogan el derecho de descalificar a todo mundo. Nadie sirve. Quizá tengan razón en muchos de sus planteamientos, por los indicadores educacionales y la cuestionada práctica de la justicia, pero eso no les da potestad para medir con tabla rasa al país y su proceso de construcción.
Nuestro país le debe demasiado a la diáspora. Sus aportes a la economía, a la cultura y al desarrollo son incalculables. No existen formas de cómo devolverles a esos dominicanos ese gran esfuerzo que hacen por sus hermanos en esta isla. Por eso no entiendo porque existen intelectuales de esa diáspora que odian a este país, que devuelven los paisajes que se envolvieron en sus ojos en los años primeros de sus vidas. Eso no lo entiendo.
Toda la descarga negativa la hacen mediante argumentaciones estériles y vacías. Buscan el enfrentamiento personal para dar a conocer su oficio, su profesión, su obra por falta de trascendencia. Odian los premios literarios, los méritos. Odian a sus antiguos amigos y coleccionan potenciales enemigos en el mundillo intelectual, no sabiendo que alimentan la podredumbre que ellos mismos cuestionan.
Y para terminar diré que los enfrentamientos entre “intelectuales” no son nuevos, ni en el país ni en ninguna parte del mundo. Para poner un ejemplo cercano en el tiempo y no remontarnos a siglos pasados: ¿Quién no recuerda el enfrentamiento de Juan Ramón Jiménes y Pablo Neruda? Unos lo tildan como “el pleito Neruda- Jiménes”, donde se “magnificaban ofensas”, aunque Gastón Figuerira, citado por  Grullón (1971), dice: “Más que un pleito poético, ambos irritables vates es un pleito de generaciones, y requiere un estudio minucioso”. También, citando las razones de los enfrentamientos Neruda- Jiménes, (yo diría Jiménes- Neruda), Marcos Winocur (2006) expresa que Jiménes refiriéndose a Neruda le dijo que es “El mejor de los malos poetas”. Algunos decían con razón Jiménes perdió el tiempo en estas diatribas y no se dio cuenta lo grande que era como escritor.
Por eso, quizá este tipo de dimes y diretes entre escritores algunos suelen considerarlos como pérdida de tiempo. Yo no lo creo tanto. Algo se saca. Lo malo es que para esto no se sobreponga la degradación personal al pensamiento científico-estético de la crítica literaria. Eso es lo malo.
¿Será este caso un fenómeno generacional?
Fin.



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