viernes, 2 de septiembre de 2016

La delincuencia


Por Virgilio López Azuán

No hay que ser científico de la NASA, tener un doctorado en economía en Harvard, y mucho menos tener las habilidades matemáticas de Nash, para colegir que el problema de la delincuencia y las condiciones socioeconómicas de las personas guardan una estrella relación, aunque lamentamos no poder decirles en qué nivel. Tampoco hay que ser un genio para establecer que los rangos de desigualdades entre sociedades e individuos son cada vez más grandes. 
Hay países y sociedades que han desarrollado altas tecnologías y altos grados de producción; han asumido el liderazgo mundial, mientras otros afrontan indicadores que los colocan en la categoría de “descolgados”.

Las riquezas humanas están secuestradas por corporaciones, grupos y empresas multinacionales a escala global. El liberalismo económico, maquillado por la tecnología, avasalla a las grandes mayorías, y oleadas de hambres y enfermedades, diezman poblaciones humanas.
La carrera por la acumulación de capital ha sobrepasado las expectativas, dejando montones de miserias.  Ahora, tanto el capital como el conocimiento, la información y la tecnología, son las grandes fuentes de poder. La vorágine sigue, no importa que diezme la humanidad ni el medio ambiente, no importa la debacle de las éticas, y nuevas líneas de pensamiento y  razón se impongan en el mundo político, económico y tecnológico en todo el planeta.

Se verifica un fenómeno tipo “embudo”, las grandes mayorías desprovistas y muy pocos con riquezas excesivas. En los países como República Dominicana, con indicadores socioeconómicos muy marcados negativamente, donde la gran mayoría de los ciudadanos viven en la línea o por debajo de la línea de la pobreza (línea definida por organismos internacionales), no es sorprendente, como pasa en cualquier sociedad, que existan niveles  de delincuencia acentuados. Además, que todo el peso de esa problemática recaiga sobre esos sectores vulnerables antes referidos, cosa esta injusta y prejuiciosa.
Es cierto, los niveles de desempleo, salario, ingreso, y las escasas fuentes productivas, desesperan al ciudadano  en su lucha por la sobrevivencia. Esto dicho anteriormente, ligado a una pobre educación, son caldos de cultivos que pueden alimentar al acto delictivo.

Hoy se verifican crisis profundas, las iglesias han perdido terreno en su doctrina social y espiritual, muchos núcleos familiares colapsan diariamente, y la velocidad de los cambios en todas las escalas, deja fuera de balance a importantes sectores de la población. Por suerte, existen valores de la cultura que sostienen ideas y fortalezas en las sociedades que están en plena batalla, luchando por sobrevivir y revalidarse.
La delincuencia no solo está presente en los sectores víctimas de pobreza, sino que también se encuentra en núcleos de la mediana y alta economía, en sectores de la mediana y alta política. Este mal es un monstruo con mil cabezas que impacta negativamente en los sectores desfavorecidos de la sociedad. Alimenta los males, corroe la dignidad humana y empuja a los oprimidos a actuar dentro y fuera de la ley. Por ello no podemos cargar toda la responsabilidad del flagelo a un sector por su condición de vulnerabilidad.

La revisión profunda de la sociedad hay que tratarla desde el fortalecimiento de sus instituciones, creando regímenes de consecuencias y redistribuyendo mejor las riquezas que produce el país. Esas son tareas del Estado que no esperan más. También, es tarea de los ciudadanos participar en ese proceso, no asumir una posición existencialista y paternalista que bloquee la insurgencia y las demandas. Tampoco dejarse llevar por algunos miembros y organismos de la llamada sociedad civil que forman parte de ese entramado, regularmente controlado y dirigido por el establishment nacional e internacional.


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