miércoles, 24 de agosto de 2016

Mi nombre, miserias y miserables.



Por Virgilio López Azuán 

La experiencia de leer a Víctor Hugo en mi adolescencia, me hizo conocer tan temprano que existían las dimensiones humanas, y a través de la vida, fui reafirmando y explorando en sus vastedades. Nunca imaginé encontrarme con miserias y miserables, tan viscerales como pasmosas. Tampoco soñé orillar mares de extrema humanidad donde las palabras se convierten en cáscaras vacías para dar paso a seres en el mundo con origen y posibilidad.   
Tomo al inmenso poeta francés Víctor Hugo, porque un poema suyo, desde mis quince años me aplastó, me pegó tan fuerte a las paredes de la biblioteca del pueblo, que simplemente no he podido olvidar aquel primer día de su lectura. “¡Oh, Virgilio! / ¡Oh, poeta, mi divino maestro! / Ven, salgamos por fin de esta triste ciudad/ de clamores siniestros y tan vanos”. Vi mi nombre escrito por Víctor Hugo, y para un imberbe provinciano, de un lugar anodino y olvidado, (donde los autos eran metáforas que salían a las calles como fantasmas desandados), era algo increíblemente halagador.
¡Claro! Víctor Hugo se refería al maestro Publio Virgilio Marón, el genio de la Eneida. Por eso, también busqué las obras del inmenso poeta romano. Y no saben ustedes qué impacto el mío: leer la obra la Eneida, de Virgilio. Eso fue fundamental para seguir leyendo, enamorándome de la literatura. Pero, lo que “le puso la tapa al pomo” fue cuando leí La Divina Comedia de Dante y encontré al maestro guía Virgilio como personaje fundamental de la obra. Comprendí que la vida, al menos tenía sentido. Vislumbré caminos, calles y callejas, con alfombras de palabras que se hicieron prosas y versos. Y anduve sobre ellas, ando sobre ellas, auscultando dimensiones humanas, como aquel primer día en que Víctor Hugo y Virgilio me señalaron el camino. Una fuerte experiencia en ese tiempo fue leer la novela Los miserables de Víctor Hugo, (aún sin conocer los riesgos de la traducción del francés), encontré unos valores en la obra como los de compasión, la Fe, la solidaridad, el amor, el patriotismo y el perdón.
¿Cómo podía un “ratoncito de biblioteca” como yo, entrar al mundo con esa responsabilidad, mientras me azuzaba el libro “El hombre mediocre” de José Ingeniero que acaba de leer y me había recomendado mi entrañable amigo Otto Oscar Milanese? ¿Cómo en un pueblo pequeño, y sin horizonte aparente como el mío, al final de los años 70s, desbastado por ciclones, podía uno cargar con el futuro y conservar los valores? Era inimaginable. Ya el límite podía no extenderse más, no existían aparentemente más prolongaciones ni más espacios habitables.
Llegó la estampida, desde antes la ciudad se fue quedando sin rostros. Y muchos rostros no volvieron la vista atrás. Confieso que seguí a Víctor Hugo sin obedecer el mandato de sus versos: “Ven, salgamos por fin de esta triste ciudad/ de clamores siniestros y tan vanos”, y empecé a forjar mi propia ciudad estética, con barrios y callejas, con luces y sombras; con casas cuales estalactitas, colgadas en los cielos de la imaginación, frente a la suprema realidad.
Pero mucho después, en mis lecturas filosóficas, encontré a Eugenio Trías (1942-2013) y a Edgar Morín (1921-?), que respondieron a muchas de mis preguntas de entonces. Abordé la imagen y la posibilidad del límite y la complejidad de humanos. Encontré el concepto de limes y de ciudad y tendí sus sábanas sin dejar de cubrir las cordilleras. Sondeé lo bello y lo siniestro, la minúscula partícula de mismidad. Encontré tantas miserias y tantas virtudes que es mejor ni hablar. Y fue entonces que se abrió la “ciudad” y eso era lo más importante. Era una “ciudad” esplendente con todo y sus emergencias para sacar lo poético del mismísimo drama. Era mi “ciudad” la cual construía con sus límites de infinitud, con el pasmo de su propia ontología. Y aquí estoy.
El concepto de “Ciudad poesía” que hoy da nombre a un proyecto cultural, es un nombre para destacar la cantidad de poetas o la “fábrica de poesías” que le atribuyen sus mentores a la ciudad. La aprecio en otro sentido, como un espacio poético vs. prosaico. Es una zona neutral entre todos los mundos. Es una metáfora que se hace sentimiento y razón, y a veces se desvanece porque deja de rozar. Cada día ese espacio “ciudad” se vuelve burbuja, chispa tecnológica y eco. Es el lugar donde viven los “locos de la ciudad”, cada vez más olvidados y más incomprendidos. Esos mismos que crean la ciudad real desde sus ventanas imaginarias, desde la poiesis y la estética; los que son capaces de tocar la razón fronteriza de Trías.
Ante el minimalismo, lo peor de todo es que ahora también se premian las miserias humanas, ahora el vuelco ha sido siniestro. Las virtudes en mucha gente son las ropas que esconden perversidades ancestrales.  Y lo peor del caso es que esas personas son los creíbles. Se ha cumplido el principio de que “lo bueno y lo malo están tan unidos que a veces se confunden”. Mejor dicho, confluyen.
Andan por las calles los miserables y las miserias. Suenan sus campanitas de solemnidad como los dueños del circo. Pero más que una queja, (no me lo perdonaría José Ortega y Gasset), es una imagen para despertar, no para quedarse dormidos con los brazos cruzados y ver pasar los entierros.
Que el pueblo dominicano no sea la extensión para una carretera prosaica de escaseces y cicateros. Qué los manipuladores con modernas bajezas no nos atiborren. Por eso, me quedo con Virgilio, con su enseñanza de los Círculos, y con Víctor Hugo, para no olvidar que existen las miserias y los miserables.  

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