lunes, 1 de marzo de 2010

POESÍA DEL EFLUVISMO

 
El esplendor
 AUTOR: VIRGILIO LÓPEZ AZUÁN

Del esplendor se escapan los mundos de los sentidos y entre tantos momentos de rayos y diamantes, la gloria se llena de espumas y flores. Ya no vemos las estelas de los tiempos, ni los bosques, ni los pinos en los sueños; ni los versos ni los poetas, todos perecieron. Ya no tenemos los versos, ya no somos poetas y no caminamos porque volamos en las calles sin preguntas, en los vientos de las rosas. Ya somos cometas de nubes, rociando amores entre las palomas alegres de las horas. Nadie llorará, han muerto los poetas, sus espejos se convirtieron en mujeres que van a la misa de las seis. Ya son otras las olas que trajeron los caminos de la mar, ya son otras. Voy como rayo, en busca del esplendor, le hago un guiño al silencio y las llamas. Acostado, enciendo los fósforos que le faltan a mis hogueras, a los tiempos, a las raíces, que en vez de buscar la tierra levantaron su rostro al cielo, para llenar de luz las riberas. Para que los ríos sean plateados de instantes, yo pido no ser más que cometa, trotador de nimbos para poner los ojos en la tierra, en la superficie azul de los mares. No olvidaré los papeles olvidados del polvo, los mismos que pidieron los poetas para sus volcanes.

II
Voy llegando al esplendor, sobre caballitos de mar cargando diamantes. Voy peregrino sin rezar por lo andado, dando golpes al viento, con ropas de distancias. Ya he dejado atrás las guerras viejas, lágrimas de heraldos envenenan los rumbos. Por eso bailando un tango entre las nubes y cielo, con la frente llena de celos vendrán otras guerras, empujados por los eclipses y las vendas que dibujan sudarios. Pero estoy llegando al esplendor, cadenas de espejos penden del cielo y en las minas. En los abismos quedaron prendiendo los fuegos abiertos del destino, la mirada de los ocasos lanzando voces, gritos y resabios. Voy sobre mi caballito de mar, con la frente de diamante para no morir sin la luz empujada de las minas, del oro de otras guerras. Y en la cima del viento veremos los caminos, y los amigos andando sobre las piedras, sobre los vidrios, en las mañanas claras de los cielos. Ya voy llegando al rayo, del camino iluminado, tiempo sin tiempo, dimensión sin rostro, cuando la mujer es la parte abierta de la tarde. Entonces, recordaremos todos estos días y pensaremos como entraron los rayos al corazón, llenando de luz los balcones heridos por las huellas, por todo lo escrito en la sagrada manta que dejó el rastro del beso. Y ahora pregunto ¿Dónde habitaremos con tantos odios acumulados? No será en la lumbre, en el rubor del río. No habitaremos en paisajes de la gloria pregonada, donde nos abandonemos por completo a todos los tiempos. Entender que cuando suenan los violines queríamos anunciar la fiesta del instinto, la anatomía y las hojas sueltas del amor.

III
Tendrá todo esto sentido en los sentidos mismos. Sólo importa la confianza planetaria, que barren los empeños sorprendidos, quizá desvalido para lanzarse al cuello por última vez.  Y pregunto de nuevo ¿dónde está el esplendor? En las nubes sutiles del sol, del fuego, la fragua y el paraíso prometido. ¿Dónde estará?  Nadie entra al esplendor calzado con suelas de olvidos, sino con la ternura de los niños. Nadie va cargado de fusiles sino con las manos llenas de jilgueros, silbando la tarde lloviznada. El esplendor no está en cielo ahora lo pienso, nos hemos ido muy lejos a buscarlo, está en tus ojos y sus destellos, en la imagen que salta en tus mares. El esplendor nunca se llena de sombras, sino de peces iluminados.