miércoles, 24 de febrero de 2010

MIS APUNTES SOBRE NEYBA


POR: OSCAR ACOSTA PEREZ

Debo   contar   que  la  tierra  desde  donde  comencé a  escribir, Neyba,  fue  un  nitaínato   antes    del descubrimiento y la colonización de la isla de Santo Domingo  y  que  su existencia viene desde los tiempos remotos de aquellos hombres y mujeres que libres  corrían por las llanuras, por aquellas tierras llanas y saladas  dejadas por el mar cuando el mundo empezaba por construirse en  un pequeños espacio de El caribe.

Las afluentes, los cachones, los ríos que eran abundantes entonces se confundían entre las indígenas. Las aborígenes subían y bajaban de las montañas. Caminaban largas distancias a pescar y cazar con los pezones al aire, libre.
 No era grande el poblado, pero desde entonces se fueron quedando las huellas grabadas en los causes, las rocas marinas, en los caminos y en sus montañas laterales con caritas y pinturas que se resistieron al tiempo.                                                    
                                                                      
Aquí quedaron luego las huellas de las devastaciones de Osorio de 1605 y 1606.
El nombre de Neyba debe su origen a los taínos. Este nombre también lo llevaron el Valle de Neyba, la Bahía de Neyba y en algún momento el Río Yaque del Sur.
                                                              
Otros nombres aparecieron después cuando los pobladores se iban extinguiendo, dispersando y cuando otros llegaban, algunos con banderas de paz, otros con banderas de guerra. La rebeldía, la resistencia frente a la esclavitud y la opresión ha seguido siempre a la fundación de las nuevas poblaciones. Lo demás, ocurrió relativamente reciente.
 
Cuando la parte Este se la dieron a Francia a finales del siglo 18,  Neyba era ya una parroquia del Partido de Azua. Durante el gobierno de Toussaint en 1801 pasó a ser un Distrito del Departamento del Ozama y luego del Departamento Haitiano del Sur. En el período de la España Boba,  de 1810 a 1821, volvió a ser parroquia del Partido de Azua.



Así estuvo hasta el 1822, cuando no se hizo resistencia ni nada, ni nos resistimos frente a los vecinos que ocuparon nuestra casa sin guerra alguna. Por el contrario, parecíamos como si ansiáramos que lo ocuparan todo y que nos dirigieran. Solo entonces no fuimos frontera, lo que no quiere decir que hubiésemos dejado de ser o no quisiéramos ser dominicanos.
 
En 1822,  durante toda la ocupación haitiana mantuvo la condición de Común, perteneciente al Departamento Haitiano del Oeste. En julio de 1844, después de la declaración de la Independencia Nacional, Neyba pasó a ser Común del Departamento de Azua, uno de los cinco en que fue dividida la República por la Junta Central Gubernativa.

Así fue siempre el papeleo con las poblaciones que cubrían la isla en aquellos años en que el país balbuceaba su débil sistema político. En  fechas  diversas  le  fueron  quitadas  a  Neyba  varias  comunidades, como el del Puesto Militar de Barahona, Duvergé y Enriquillo. 

En  1881 cuando  Barahona fue convertida en Distrito Marítimo, mediante decreto  No. 1-959  la  Común  de Neyba pasó a formar parte de esta nueva jurisdicción. Más tarde, mediante la Ley 299 del 18 de marzo de 1943, Neyba adquiere la  categoría de Común Cabecera de la Provincia Bahoruco.  Sus  habitantes  lo  celebran  el  10 de marzo porque esta fue la fecha en que Trujillo anunció personalmente  la   decisión  al pueblo de Neyba. De ahí es que siempre ha existido la incógnita sobre la real fecha de la celebración de la fundación de esta población, de sí es el 10 o el 18 de marzo.

A  lo  largo  de  su  historia  Neyba  libró muchas batallas para contribuir a consolidar la Independencia Nacional, encuentros bélicos en la mayoría de los casos  distorsionados por sus apreciadores. Sus poblaciones  fueron las primeras en combatir al ejército haitiano que se disponía a reconquistar este territorio, en la batalla que se denominó Bautismo de Sangre,  cuyo  principal  héroe  fue  el  General  Francisco Sosa,  destacado líder de las Batallas de Cambronal y Las Marías.




La tía Elisa, se sabe toda la historia.   Desde pequeño me la cuenta ligándola siempre al pleito  de  los  rabuses  y  los  coluses   y a  los  malabares  que estos hacían para mantener a la población  pendiente a  esa  pelea  de gallos. Todos apostaban al suyo, con la pasión que dejaban las galleras cuando eran días de puja. Voy a mi gallo! Voy a mi gallo! Y la política entonces se convertía en una dulce diversión en la que siempre es mejor ganar que perder.
 
Los pueblos tienen su historia particular. No están  en los libros de los más destacados escritores, ni en las salas de las reconocidas bibliotecas del país, pero tiene una inusitada importancia para esa multitud sencilla que la va contando, generación tras generación, de manera muy descriptiva y profunda.  Cada pueblo tiene sus personajes. Donde quiera aparece un loco al que la gente siempre se acostumbra y quiere olvidando su desquiciamiento, pero también aparecen por habilidad, los maestros, el escritor, los artistas, el astrónomo, los caciques y curanderos.
 
A Pablo Mamá lo hicieron estas personas, lo mismo que a Che Blanco, a Carnavá y José Liborio y otros más. Estos fueron los héroes a caballo, mujeriegos,  que con su colín y su machete impusieron la autoridad y el honor  y bailaron al tono del merengue, la plena, la mangulina o el balsié.

La gente admira sus valores contando sus anécdotas y con una intuición apenas perceptible las enmarca en algún contexto de la historia dominicana. Gracias a esta ubicación se puede hablar del modo de producción, de la situación política, de un estudio económico para aquellos tiempos de los caciques pueblerinos.

Hay manuscritos de la región que describen la pasión de aquel pasado guerrero en que las mujeres esperaban a sus maridos con una insólita dedicación y con una reserva de la que solo abjuraban cuando el deber de haber cumplido se los quitaba de los brazos. Nunca fueron tan muy mujeres las damas que, como en aquellas ocasiones en que ellas lavaban los pantalones blancos o kakis con almidón para darles un filo relumbrante con las planchas que llevaban al fogón. Ahora es diferente, esta actitud es opresión, es esclavitud, es marginidad, porque la participación de hombres y mujeres en los quehaceres de la casa o del trabajo laboral debe producirse en condiciones de igualdad.
 
Muchas ancianas aprecian este comportamiento de manera diferente. Devalúan una lucha que a su entender es estéril, y dicen que sirven poco las mujeres de ahora, que son lentas, que no pueden ni debe tener maridos porque hay que atenderlos bien y ellas no lo saben hacer. “Así se amarran los maridos” –decía la abuela. “Las mujeres de este tiempo no sirven para atender una casa”.

En el  Sur, los atardeceres aquí se sienten diferentes a los de otros lugares del Caribe. Aun cuando se parece a otras regiones en cuanto al calor tropical, el sur profundo difiere en el dejo sentimental que los rayos del sol van dejando en uno cada vez que caen.

En los bateyes, cuando se entremezclan entre los cañaverales y bañan la piel morena de los niños y las mujeres del ingenio,  nos producen la sensación de incertidumbre y una particular belleza impregnada de ideología. En los campos,  la serenidad de su tibieza  produce una inusual tranquilidad anímica que insinúa una vida natural, pese a la pobreza relativa de los lugareños.
 
 La gente baila, consume bebidas alcohólicas para lidiar contra las asperezas del clima y de las desigualdades en sus relaciones de producción. Muchos de sus hombres consumen muchas cervezas, ron añejo, ron barato: triculí, clerén, aunque las ventajas de estar de cara a la frontera con el vecino país de Haití, les facilitan el consumo de una alta dosis de wisquies. 

Las mujeres que solían ser dóciles por tradición,  se fueron escapando de las prisiones económicas y sociales, a través de las organizaciones y gracias a la efectividad de la propaganda feminista,  ahora exhiben más libertad y más derecho a la participación.
 
 La familia, o por lo menos una parte de ella, suele sentarse al frente de las casas a refrendar el habitual calor que hace durante casi todo el año.  Puede ser un hábito, pero la verdad es que ese rito compensa la brecha ancha dejada por el desempleo y el ocio y  convierte ese momento en una despensa de especulaciones o verdades hechas fuera de tiempo contra el prójimo. Hay quienes no desaprovechan la oportunidad y lo hacen, no obstante las ronchas que van dejando.

 
En el suroeste, aparte de las divisiones normales que dejan las estaciones durante el año, hay acontecimientos culturales o naturales que han marcado tradicionalmente su proceso más allá de las fechas y de las apreciaciones técnicas. Esos acontecimientos solo los cuenta el pueblo, la gente que conserva las leyendas tras las empalizadas, las esquinas o jugando varias partidas de Dominó en la acera bajo el árbol tomándose un trago o una taza de café