martes, 17 de febrero de 2009

Azua al atardecer

Azua al atardecer
Por Virgilio López Azuán
Hoy es 17 de febrero del 2009. Nunca había iniciado un escrito de esta forma, citando la fecha. Pero así me salió y así empecé. Recordé que un día como hoy cumpleaños mi hermano Felo y me dijo la tele que hoy están de cumpleaños los cantantes mexicano José José y Vicente Fernández. Hoy en mi pueblo de Azua salió a la palestra noticiosa el descuartizamiento hace un año de una señora que estaba embarazada, y que la criatura no había aparecido ni por los santos espiritistas. También se reportaron los abusos de los oficiales de la Autoridad Metropolitana de Transporte contra los motociclistas que se ganan la vida con el “Concho”.
He estado afectado de salud en las últimas semanas y hoy no me había levantado de mi cama. A las 6 y 15 minutos de la tarde decidí salir a la galería para ver la gente pasar y desperezar mi cuerpo. Miré las calles, los escolares salían de sus centros y alborotaban el barrio. Miguelina, mi esposa, había preparado el café, siguiendo la tradición de vieja Tatita lo brindaba a toda la vecindad.
La verdad es que soy muy “cafetero” me encanta mucho, bebería cien veces si fuera posible. Disfruté cada sorbo y en medio del sabor cayó derrotada la pereza que había dejado la cama en ese día.
Me senté en la mecedora, afuera, en la acera. Esta vez no estaba la vieja Tatita, la suegra, después de vivir juntos por más de 20 años, esta vez no estaba: había muerto unas semanas atrás.
El café terminó, pero una imagen del atardecer me robó la atención. Hacia el Oeste el crepúsculo nacía para después morir entre arreboles. Fue tan bello el espectáculo que atiné a buscar mi cámara y tomé unas fotografías como para perpetuar esa imagen emocional. (Los lectores del blog la podrán ver, es la foto que acompaña a este escrito).
Así fue, pude captar varios momentos fotográficos, y un poema de colores se recitó en el cielo en esos escasos minutos. Siempre he pensado que el atardecer en Azua es algo especial y que la naturaleza nos regalaba su prodigio para enviar un mensaje de amor pintando los colores del alma. Por eso amo a mi pueblo de Azua, por eso, todos, aunque lejos del terruño, amamos a Azua.
Ante el espectáculo celeste, todo se olvidó por un minuto, y entendí que la tarde nunca muere, que se queda en el corazón. Aunque vengan las sombras de la noche, con sus filigranas de estrellas, con las soledades arrojadas por el día bullanguero, con la pasión del caribe que levantará los sueños ancestrales en la cama, la tarde no muere nunca. Deja su imagen crepuscular recitando poemas, enamorada del corazón.
Pude ver la tarde y la lente de mi cámara también. Una imagen que es capaz de desbaratar las pesadillas, las frustraciones, el dolor y la desesperanza.
Con el atardecer, Azua muestra sus coronas de oro que le arrebataron en los tiempos de la conquista. Hasta ese lugar no pudieron llegar los impostores, no pudieron tocar el reflejo de un pueblo maravilloso que nos regala un mar, unas montañas y unas tardes memorables para vivirlas en la plenitud del alma.