sábado, 2 de enero de 2016

El café en la historia, el hombre y la poesía del sanjuanero Rafael Pineda*


Por Virgilio López Azuán.

El café sabe a misterio, a voces lejanas, a mitos, a leyendas de antaño, a historia y geografía. Desde Kaffa en Etiopía, Arabia, Europa, América y el fogón de la abuela mía. Granos que al comerlos alebrestaban las cabras y  a los pastores. Granos que al tostarlos desprendían aroma, sin que esta palabra tenga necesariamente que ver con los Oromos, un grupo étnico que se encuentra en el centro-sur de Etiopía, el norte de Kenia, y partes de Somalia. Precisamente cerca de donde se supone es uno de los orígenes de esta planta.


Sí, el café, el de aquellas aves envueltas en las leyendas antiguas que poseían gran vitalidad por el consumo de sus bayas rojas y brillantes; lo mismo que motivó el consumo por parte de los pastores.

El mismo, el café, cargado por los prejuicios, prohibido por religiones y costumbres; amado por reyes y porque representaba una amenaza de los infieles, fue bautizado por el  Papa Clemente VIII después de probarlo y encontrarlo tan bueno para que los católicos lo bebieran. Esa bebida que mantenía despiertos a los monjes y los imanes; reprobado por protestantes y por leyes vedado: Esa bebida está entre el motivo, el hombre y poesía del poeta sanjuanero Rafael Pineda.

Las cafeterías en Europa se convirtieron en lugares para tertulias de intelectuales, para discutir, ciencia, amor, poesía y filosofía. Motiva la confluencia, el fluir de las ideas y la vuelta redonda de tantas imaginaciones. Y de alguna forma sigue siéndolo: motivo para la idea, para hacer una pausa, para meditar y subirse en sus nubes de aromas. Conozco a un poeta que le llaman  Virgilio, que después del café le encanta la poesía. Le gusta el ritual de aquel pequeño sonido de la tasa cuando choca con el platillo. Allí estalla la magia y se despiertan los sentidos. Por eso no le gusta el café de los velorios, en vasitos plásticos que pierden misterios sin aquel sonido.

Pocas personas prefieren tomar el café cuando esta frío. Cuando está caliente el café llena los vacíos, porque como decía René del Risco y Bermúdez en el café, “el sabor empieza en el aroma”. Pero no siempre el café está caliente y no siempre tiene aroma.

Y aquí entro en materia… “No siempre el café está caliente”, es el libro de poesía que tengo en las manos. Es una comunión entre el café, el poeta y su mundo: es el libro de Rafael Pineda. Y aquí no hablamos de reyes ni de papas; ni de Arabia y Etiopía. Aquí el café fue sorbido por la historia y dejó en su impronta la poesía. Aquí el café es un motivo, un pie de amigo, un caballo que cabalga en verso, arrastrando los mundos andados, el amor a la patria, a los héroes y a la vida.

Aquí Rafael Pineda arrastra sus mundos, él ha “andado muchos caminos”, ha “abierto muchas veredas”. Él es un poeta trashumante de la vida, topado por los dolores del pueblo, principalmente por lo dolores de América.  “Voy a contarte/ que buscando los templos de tu mitología he recorrido los anchos caminos de América del Sur”, dice.

En las primeras páginas encuentro nombres y versos: Víctor Jara y Gabriel Celaya. El primero que decía “Yo no canto por cantar” y el segundo que “No es una poesía gota a gota pensada/ no es un bello producto/ no es un fruto perfecto”. Y me detengo y en principio no quería presentar a ustedes este libro de la forma en que lo hago “gota a gota pensado”, pero tampoco yo no canto por cantar, no quiero hablar por hablar. No dejar suelta las emociones e improvisar, temo ser traicionado y en el tránsito por la memoria me extravíe en los caminos y solo que en ustedes la oquedad de unas palabras tal vez algunas bonitas y un millón de tarareos.

No, quise eso, por eso escribí esto que leo. Porque el café no siempre está caliente, y a veces el aroma no lo disipa los vientos.

Encontré a un poeta, caminante, a un poeta con los pies y la cabeza en San Juan de  la Maguana, en Chile, Uruguay toda América. Trae polvareda de todos los caminos y hoy se encuentra aquí como él mismo lo dice en poema Rumor de las cataratas. “Aquí estoy/ esperando para compartir/ tu pan y tu mesa”. Ese es Rafael Pineda. Rafael Emilio Reyes Pineda como le digo yo.  Es un poeta que se ha ido al origen, donde se curan todos los males humanos, él ha ido al “lugar donde nacen las aguas/ que apagarán la sed del mundo”.

Ese es su sueño, la sed del mundo, la sed de justicia, la sed quemante en la boca de la patria. Por el poeta hay baladas para los combatientes, para el tirano, para el campo de batalla y hasta para el señor del cielo. Salen en su poesía, amor a la patria y terremotos, cumpleaños felices y vientos que soplan en las calles. Está el homenaje a los héroes, el canto a Iguazú, está el mito y la leyenda, Víctor Jara y Sinecio, Padre Nuestro y Narcisazo. “En Iguazú vive el poder de uno mismo/ todo es vital/ y debajo del Garganta del Diablo/ sigue durmiendo Dios”. “Pero de Narcisazo/ de ese que atrapaba n el aire el vuelo de las palomas/ de ese que se quejaba en versos/ de aquel que sujetaba relámpagos de amor/ de aquel hijo de una madre costurera/ de aquel que suspiraba con aire fuerte/ nada se sabe/ no se dice nada”.

Hay tantas ganas de contar que a veces su cantar es en cuasi versos. A veces es una poesía en prosa, una historia contada como en  El Engaño: “A la orilla de un apacible río/ con murmullo de aguas pasando sobre las piedras/ yace Rosendo/ ciudadano de la segunda isla del Caribe”, donde narra las tragedias de los viajes en yola de Santo Domingo a Puerto Rico, donde invita a conocer nuestra isla, no sin antes hacer un periplo por la historia de la isla, aquella del descubrimiento por parte de los europeos.

La imagen de Víctor Jara en el estadio, su martirio y ejecución persiguen a los versos de Rafael Pineda como una hiedra que sube a su imaginación y estremece el recuerdo,  como que recidiva con crudeza, que muestra la cobardía cuando se quiere matar el canto matando al que canta. “Si abres la puerta/ y me convidas a compartir el pan/ y el café caliente/ te cuento la historia/ de los ciento veintiún años de mi abuela/ y la de Víctor Jara”.  Ese cantor que retó la dictadura chilena de Pinochet, que con su “guitarra en ristre” murió torturado, acribillado en el estadio de Chile, hoy Estadio Víctor Jara. El cantor llegó a decir: “Somos cinco mil/ en esta pequeña parte de la ciudad. Somos cinco mil/ ¿Cuántos seremos en total/ las ciudades y en todo el país?/Solo aquí/ diez mil manos siembran/ y hacen andar las fábricas. / ¡Cuánta humanidad/ con hambre, frío, pánico, dolor, /presión moral, terror y locura!

El mito de la sirena también aparece en el poema El tercer sueño, es la metáfora de la mujer que se ama, es la leyenda hecha mujer entre palabras; es como una historia para niños, son unos versos a veces respirados a todo lo largo, o de forma pausada, “con los jadeos de la luna/ de la pimienta y la sal”. En el poema se evoca los perfumes del lejano Oriente, el planeo de las palomas y aquel ritual rasante de las gaviotas sobre el mar. También evoca al río de la Plata, el de tantas leyendas, donde se hunde el poeta “acariciando la piel de aquella sirena blanca”.

Rafael Pineda nos devuelve el recuerdo, el del amigo, el constructor de la Sanjuanía, Sinecio Ramírez. Aquél hombre inquieto, que conocía las montañas, las vacas, el queso, y el arte de construir una idea apasionada por su pueblo. El hombre que abría canales para regar la vida, el que con su media voz empujaba, empujaba y nos movía, al que debemos el oficio de servir. No podía quedar en este poemario unos versos para Sinecio, mi amigo y gran sureño, “maestro/ ciudadano vigoroso y noble”, “navegante de océanos/ guayacán que guardó en su tronco millones de conocimientos”. Son tres odas, tres cantos cardinales para el amigo, constructor de puentes, polémico de sueños, bestialmente humilde.

El café en Rafal Pineda tiene una simbología que “por los aires del alma” suelta los motivos: “No me dejes aquí/ no me dejes en el abandono/ No esperes que el café se enfríe”. O las voces lejanas del programa radial Tomemos un Café que llenaba de aroma las casas de San Juan y que a ratos nos vuelve entre canciones y sueños idos.

En este poemario el café no está siempre caliente, a veces está frío del hondo recuerdo, de la vida y de la muerte, de la tortura y de la patria; de los valores perdidos, de otros hombres y otras gentes.
Rafael Pineda tiene tanto para contar “no solo desde árbol de las manzanas”, sino desde las montañas y las codilleras, desde el avión y las tierras llanas. Su poesía se torna en historia, se torna en cuento y hasta novela. Son unos versos tan sencillos, sin grandes metáforas retorcidas, gota a gota pensadas. Es la poesía necesaria de Gabriel Celaya.

No encontré en el poemario el romancero que se arrebata, ni el filósofo que nos deja en el aire con metáforas retorcidas. Me encontré con un armador de versos, que reconstruye su propio mundo, que se apoya en el recuerdo y en la apología sincera que reconoce lo que ama y por quién escribe. Rafael Pineda que “ha navegado en cien mares/ que ha atracado en cien riberas”, que ha visto las caravanas de tristezas que pintó Antonio Machado, nos habla de un poeta andarín, en la búsqueda de expresión a través del lenguaje, en la construcción de unos versos que hablan del pueblo, y de la patria; de patriotas y combatientes, de amor y soledades. “Si no abres el corazón/ quedaré aquí abandonado/ atrapado por el frío” como lo expresa en su poema Las palabras que tengo para ti.

Perdone mi apreciado público, en este momento me hubiera gustado tener conmigo una humeante taza de café, para seguir hablando de este libro, para celebrar al poeta Rafael Emilio y sus versos, porque “No siempre el café está caliente”.
Muchas gracias.

*(Palabras para la presentación del libro “No siempre el café está caliente” del poeta sanjuanero Rafael Pineda, el 22 de diciembre del 2015 en la Plaza Orlando Martínez de San Juan de la Maguana)

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